¿Quién fue el verdadero Sherlock?

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No existe una imaginación limpia de influencias. En sus profusas memorias, Arthur Conan Doyle lo reconoce y, con la rotundidad que siempre le dio esa seguridad en sí mismo que heredó de una niñez controvertida, repleta de rebeldías y trifulcas callejeras, asegura que la creación no existe en estado puro, como determinados minerales, sino que está en una permanente deuda con la realidad. «Todos los escritores comienzan imitando. Creo que es una regla general; aunque a veces se inspiran en modelos que no son fáciles de descubrir», admite. Un personaje suele ser la destilación final de diversos sentimientos o impresiones, un poliedro que refleja en su superficie todo un abanico procedente de caracteres dispares y peculiares. El escritor y ensayista Michael Sims se ha molestado en indagar en las entretelas de la pareja de detectives más conocidas de las literatura y, como un sagaz inspector, saca a la luz quiénes fueron las personas reales que inspiraron sus ficciones más celebres.

En «Arthur y Sherlock. Conan Doyle y la creación de Holmes», el autor, que no se conforma con aportar pistas, sino que describe con fidelidad ese Edimbugo repleto de leyendas, rateros y pillos, con su laberinto de callejuelas hediondas y descuidados patios interiores, que el abandono recubrían con una película de basura y suciedad que los convertía en el lugar adecuado para que prosperaran toda clase de gérmenes y se convirtieran en foco de epidemias infecciosas. Sims desvela con minuciosidad el entorno familiar de Conan Doyle –con un padre alcohólico y una madre, que sacó adelante a su familia alquilando habitaciones en su casa–, su juventud, que le puso en contacto con los bajos fondos de su sociedad– y su evolución hasta que se convirtió en médico y luego en narrador. A pesar de su inevitable tendencia a pelearse, Conan Doyle sintió un temprano apego por la lectura y el conocimiento que le condujo a la universidad. Allí encontraría a Joseph Bell, un doctor sobresaliente, carismático, de semblante afilado, nariz aguileña y ojos grises; un hombre con una capacidad innata para la observación. Bell imponía a sus alumnos una obligación: intentar deducir de sus pacientes todo lo que pudieran antes de examinarles. Obligaba a sus estudiantes a observar a las personas que recibían y reparar en los detalles más insignificantes. Unas dotes que a Bell le ayudaban para acceder a aspectos reveladores de los hábitos o costumbres de los enfermos.

Origen de un nombre

Cuando Conan Doyle, en los años anteriores a 1886, al salir a la venta «Estudio en escarlata», la primera aventura de Sherlock Holmes, se planteó seguir la estela de Poe y su detective Dupin, acudió a uno de los hombres que más había admirado en la facultad. Una persona que predicaba la empatía, con renombre en la profesión, que quedó devastado por la temprana pérdida de su mujer y que jamás desatendió a sus hijos a pesar de su viudedad y sus compromisos. Bell pertenecía a esa raza de médicos a la que no le importaba contagiarse con enfermedades, como le ocurrió, y una vez con severas consecuencias para su salud, para intentar ayudar a los pacientes y que presumieron de una eficaz sagacidad para adelantar diagnósticos.

Conan Doyle, en cambio, acudió a otras fuentes para resolver el problema del nombre de su personaje. De Bell había tomado hasta la gorra y la capa que definen su personaje, pero cómo tenía que llamarle era otro asunto. Tomó el apellido Holmes de Oliver Wendell Holmes, un médico y ensayista norteamericano que leyó desde muy temprano en su casa materna y el nombre de Sherlock lo extrajo, después de escoger y descartar varias posibilidades, de un inspector jefe de policía, William Sherlock, al que solía citársele con frecuencia en la prensa y que, por lo general, estaba vinculado a la investigación de crímenes que habían llamado la atención del público por su brutalidad.

¿Pero cuál era el origen de su ayudante? Watson surgió de una necesidad literaria. Conan Doyle requería un personaje que contara la vida de Sherlock. Si hubiera elegido un narrador como el de Poe, hubiera ofrecido pistas sobre los casos a sus lectores, privando así del elemento sorpresa a sus seguidores. Para evitarlo improvisó al doctor Watson, que en los libros se muestra tan sorprendido por la agudeza intelectual de su amigo como aquellos que leían sus aventuras. Tomó el apellido de Thomas Watson, un renombrado médico y le dio un pasado, el de un veterano soldado en la guerra de Afganistán para prefigurarlo como una persona emprendedora y valiente. Lo que Conan Doyle nunca supo anticipar es lo popular que se volvería su pareja y, menos, lo mucho que llegaría a odiar a Holmes.