¿El final del «Risorgimento»?

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El Renacimiento italiano inventó el sueño de la unidad del país para recuperar una antigua Edad de Oro en la que fueron sinónimo de civilización. Los ilustrados del siglo XVIII vieron en esa unificación el plan completo para reformar el país. La palabra «Risorgimento» apareció así, en 1750, para designar el proyecto de recuperación de la grandeza italiana a través de la unificación. La península estaba entonces dividida en reinos, principados y repúblicas, como el Reino de las Dos Sicilias, la República de Génova, la República de Venecia, el Reino del Piamonte, Trento, Módena, Parma, Toscana, Milán o los Estados Pontificios. La Revolución Francesa dio el empuje final a las ideas nacionalistas y revolucionarias de los ilustrados italianos. Apareció entonces la idea de nación como comunidad de ciudadanos fundada en el vínculo contractual y la conciencia cívica, con raíces en un pasado común glorioso. Las guerras de saqueo de la Convención y el Directorio francés en tierras italianas se hicieron acompañar de reformas para descabezar a los dirigentes locales y colocar unos nuevos. Napoleón continuó dicha política, y dibujó el mapa peninsular casi a su antojo. Estos conflictos contra el invasor generaron una conciencia nacional al igual que en otros países, como España y Alemania. Las élites culturales, políticas y económicas comenzaron la construcción nacional, aunque vinculada a distintos proyectos. La corriente neogüelfa sostenía la existencia de una raza italiana unida por la sangre, la religión y el idioma, y propugnó la unión en torno al Papa. Los monárquicos liberales, como Cavour, idearon la unificación en torno al Reino de Piamonte y una Constitución para los italianos. Los republicanos, con Mazzini y Garibaldi, sostenían la unión en forma de República democrática. Era, decía Mazzini, la «Tercera Roma»: tras la de los Césares y los Papas, llegaba la «de los pueblos». La unificación pasaba por la expulsión del extranjero, Austria, presente en el país desde 1815. El levantamiento liberal en Viena en 1848, con la caída de Metternich, propició la ocasión. En Lombardía, los milaneses se rebelaron contra los austriacos el 19 de marzo. Venecia siguió el ejemplo, y el republicano Daniele Manin proclamó la República de San Marcos. Carlos Alberto, el rey del Piamonte, unió su ejército al de Toscana, Estados Pontificios, Venecia y Nápoles para acudir en auxilio de Milán. La llegada de las tropas italianas permitió la celebración de plebiscitos en Lombardía, los Ducados y Venecia para la incorporación al Reino del Piamonte. Sin embargo, la retirada de las tropas romanas y napolitanas por miedo a que el movimiento acabara en una revolución, permitió que Austria echara a los piamonteses del norte de Italia tras la batalla de Custoza (24 y 25 de julio). La primera guerra de independencia se saldó con fracaso.

Garibaldi y Mazzini

La derrota de la unificación en torno a la monarquía piamontesa no detuvo a los republicanos. Tras la huida del papa Pío IX, Mazzini proclamó la República de Roma en febrero de 1849 bajo el lema «Dio e Popolo». La intervención francesa y española restauró al Pontífice en su trono, pero añadió dos nombres a la mitología romántica del nacionalismo italiano: Garibaldi y Mazzini. Al tiempo, situaba a los Estados Pontificios y al Reino de las Dos Sicilias, reticentes a las reformas, como los dos obstáculos patrios a la unidad. Cavour, primer ministro de Víctor Manuel II, se convirtió en el gran constructor de la unidad: se alió a Francia contra Austria, convirtió la «cuestión italiana» en una de las principales del orden europeo, y planteó la unificación en torno a una Constitución liberal y los plebiscitos territoriales. Era un pueblo que decía un proyecto común para «resurgir». Cavour forzó la guerra con los austriacos, a quienes derrotaron los ejércitos franceses de Napoleón III en Magenta y Solferino, en junio de 1859. La política plebiscitaria del Piamonte consiguió la incorporación entonces de Toscana, Parma, Módena y Bolonia, y la Lombardía fue cedida por Francia.

Garibaldi, símbolo de la nación romántica e irredenta, reclutó un pequeño ejército, los «Mil Camisas Rojas», que desembarcaron en Marsala (Sicilia), en mayo de 1860. allí se le unieron unos tres mil sicilianos contra el Rey napolitano. La idea de Garibaldi era conquistar el sur y llegar a Roma para proclamar la unidad italiana bajo la República. Pasó el estrecho de Mesina e hizo un viaje triunfal hasta Nápoles. El rey Francisco II huyó, y el 7 de septiembre, Garibaldi entró en Nápoles. Sin embargo, las tropas napolitanas plantaron cara en Volturno, lo que permitió el avance por el norte de los ejércitos monárquicos de Víctor Manuel II, quien derrotó a los Estados Pontificios en Castelfidardo.

El rey piamontés y Garibaldi se encontraron en Teano, cerca de Nápoles, y la unificación de Italia fue un hecho. Garibaldi, que renunció al ideal republicano, se retiró a su mansión en Caprera. Cavour quiso dar legitimidad a la unidad convocando elecciones para un Parlamento. En la sesión del 18 de febrero de 1861 se declaró a Víctor Manuel II como rey de Italia «por la gracia de Dios y la voluntad de la nación», con la bandera tricolor de la Casa de Saboya.

La incorporación de Venecia, en manos austriacas, se produjo como consecuencia de la alianza de Italia a Prusia en su guerra contra Austria en 1866. Solo quedaba Roma. El Partido de Acción de Mazzini y Garibaldi organizaron una expedición contra la Santa Sede en 1868 sin el apoyo de Víctor Manuel II, y fueron derrotados por el ejército francés, erigido en protector del Papa. De esta manera, cuando Napoleón III abdicó en Sedán, en julio de 1870 ante las tropas prusianas, los italianos vieron el camino libre para tomar Roma. Pío IX no cedió y el 20 de septiembre las tropas del general Cadorna entraron en la ciudad. Siguiendo el estilo plebiscitario del Risorgimento, un plebiscito en octubre de 1870 concluyó con su incorporación a la unidad italiana. Luego la capital se trasladó de Florencia a la ciudad eterna, Roma, y el Parlamento se instaló en el Palacio de Montecitorio, y el rey en el del Quirinal. Italia se rigió con la Constitución de 1848, el Estatuto Albertino. El turno de partidos, allí llamado «transformismo», dio unidad al país: unas mismas formaciones políticas, la creación de un mercado nacional, una legislación, un ejército único y una educación común. La construcción nacional estuvo en su pleno apogeo. La literatura romántica, las óperas de Verdi y la reinvención de la Roma imperial, llevaron a Emilio Castelar a escribir en su «Recuerdos de Italia» (1872) que «en esta nación, más que se vive, se recuerda». El régimen entró en crisis con la participación en la Gran Guerra, la corrupción de los partidos, el desprecio al parlamentarismo y al liberalismo, y la irrupción con fuerza de un socialismo bolchevizado y el fascismo. Víctor Manuel III dio el gobierno a Mussolini en octubre de 1922, quien usó las instituciones y las leyes para crear un régimen autoritario. Interpretó el Risorgimento y quiso volver a la Roma imperial en las formas, la cultura y el territorio. Su caída en 1943 provocó una guerra civil que se saldó con su muerte. Los italianos se inventaron de nuevo, forjaron el mito de la resistencia y fundaron la República en 1946 con un plebiscito que dividió en territorios el país: el norte republicano y el sur monárquico. Esta diferencia impulsó la necesidad del consenso en la labor constituyente la formación de gobiernos de coalición que reflejaran esa unidad del país. Sin embargo, en los 90, la corrupción derribó a los antiguos partidos, y el país entró en una deriva política en la que surgieron nacionalismos separatistas dispuestos a romper el viejo «Risorgimento». El resultado ha sido el florecimiento de proyectos populistas de derechas, izquierdas y nacionalistas, como se ha visto en las elecciones de 2018, que han recuperado el problema de la identidad Italiana.