Padre Pío, el santo de los estigmas

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Javier Sierra, Premio Planeta 2017, quedó deslumbrado tras devorar el manuscrito de «El Santo. La revolución del Padre Pío», que sale a la venta el martes como una de las principales apuestas editoriales del Grupo Planeta: «Zavala –escribe Sierra– se atreve a explorar el complejo universo del Padre Pío, contagiándonos su fascinación por uno de los grandes hombres del siglo XX». Y también, agrega ahora un servidor, por uno de los más grandes santos en la Historia de la Iglesia, canonizado por San Juan Pablo II en junio de 2002, de quien se conmemora precisamente este año el 50 aniversario de su muerte y el centenario de la aparición de sus estigmas en manos, pies y costado. Añadamos que el Padre Pío se paseaba por el mundo gracias a su don de la bilocación, profetizó que Karol Wojtyla sería Papa o leía el alma de sus penitentes en cualquier idioma.

Este nuevo libro-instrumento ofrece en primicia numerosos testimonios y documentos inéditos, incluido un álbum de 150 fotografías desconocidas del fraile capuchino.

Y entre los testimonios sobresale, cómo no, el de Matteo Pío Colella Ippolito, cuya milagrosa curación sirvió para canonizar al Padre Pío. Advirtamos que es la primera vez que Matteo habla en un libro sobre el santo de los estigmas: «He visto al Padre Pío y a San Miguel Arcángel a la cabecera de mi cama –me asegura él–. Vi también a tres hermosos ángeles con alas: el del centro iba vestido de blanco y los de ambos lados, de rojo. No me dijeron quiénes eran, pero yo pensé que eran los arcángeles. En cambio, a mi derecha estaba el Padre Pío, quien, asiéndome de la mano, me repetía una y otra vez: “Matteo, no te preocupes, te curarás muy pronto”. Para mí, el Padre Pío es desde entonces un “abuelo” al que me dirijo siempre».

La peor pesadilla real de Matteo Pío empezó la tarde del 20 de enero de 2000, cuando, con tan sólo siete años cumplidos, ingresó en la Casa Sollievo della Sofferenza, la gran obra hospitalaria del Padre Pío en San Giovanni Rotondo. La secuencia de padecimientos del pobre chiquillo resultó vertiginosa: al edema pulmonar siguió un paro cardíaco y saturación de oxígeno al 18 por ciento, tras lo cual le indujeron un coma farmacológico y once días interminables de sueño. El día 31 de enero, Matteo despertó, el 12 de febrero concluyó su reanimación y al cabo de catorce días pudo abandonar por fin el hospital. Pero hasta su milagrosa curación, por intercesión del Padre Pío, Matteo y su familia debieron pasar un verdadero calvario.

El cuerpo de Matteo

María Lucía Ippolito, la madre de Matteo, se pasó desde el viernes 21 de enero hasta el miércoles 26, entre la antesala del departamento de Urología del hospital y la tumba del Padre Pío, mientras su marido recorría sin parar las cuentas del rosario junto al cuerpo inerme y crucificado de Matteo.

Su única preocupación durante todo ese tiempo era rezar, rezar y rezar, en espera del milagro que curase a Matteo en un abrir y cerrar de ojos. Baste un solo párrafo de la historia clínica del doctor Pietro Violi para convencerse de que los médicos poco o más bien nada podían hacer ya por la vida del niño: «La devastadora situación clínica –en palabras del doctor Violi– que atraviesa el pequeño paciente Matteo Colella está encuadrada como meningitis fulminante… Las condiciones clínicas son desesperadas: anoxia, cianosis generalizada… edema pulmonar agudo, presión arterial irrelevante por shock séptico, todo el cuerpo cubierto de petequias por CID… De la taquicardia pasó a la braquicardia extrema por grave insuficiencia cardíaca; no responde a los diuréticos por ausencia de perfusión renal, por lo que se le declara insuficiencia renal aguda… Esta situación desesperada se prolonga durante una hora…».

El profesor Francesco Di Raimondo recuerda el diagnóstico de la enfermedad de Matteo, registrado en su historia clínica: «Infección meningococcica gravísima, con importante coagulopatía y correlato de síndrome de insuficiencia orgánica múltiple».

Entretanto, Matteo Pío sigue recordando conmigo su final feliz:

–Cuando me desperté –comenta–, sabía que había sucedido algo increíble porque había estado con el Padre Pío… Al mismo tiempo, me sentí muy amado y consolado por los médicos de la Casa Sollievo: todos me sonreían, eran afectuosos y tiernos conmigo.

–¿Por qué insististe tanto a tus padres para que te regalasen un crucifijo por tu Primera Comunión?

–No sé explicárselo. Lo deseaba, sin más. Mi madre me mostró muchos, pero ninguno de ellos me gustó. Hasta que cierto día, un monseñor me regaló un pequeño crucifijo pastoral. Nada más verlo, le dije a mi madre que era exactamente el que yo quería. Ignoraba que se trataba del mismo pastoral del Papa.

–¿Qué recuerdas de tus encuentros con San Juan Pablo II?

–Vi al Papa de cerca en la Sala Clementina del Vaticano, el 20 de diciembre de 2001. Estaba muy enfermo, no habló. Se limitó a sonreír y me bendijo dos veces seguidas. Durante la canonización del Padre Pío, el 16 de junio de 2002, cuando recibí la Primera Comunión, Juan Pablo II tampoco se encontraba muy bien debido al calor sofocante, por lo que no pudo darme él la Comunión, sino el cardenal De Giorgi.

–¿Qué les dirías por último, Matteo, a tantos jóvenes como tú, atrapados en las pasiones mundanas?

–Les diría, sencillamente, que Dios existe y que los milagros suceden. Si no fuera así, yo no estaría ahora aquí para contarlo. Mi vida es el testimonio de ello. Le debo tanto al Padre Pío…

Nada menos que toda una vida.