El folklore del futuro

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En 1976, el rock reinaba en el mundo joven. La industria discográfica estadounidense generaba un movimiento de dos billones de dólares anuales. Incluso la industria del cine se quedaba por detrás, en segundo lugar del negocio del espectáculo, con medio billón menos que los discos. Grupos como Led Zeppelin se desplazaban a las giras en su propio reactor Jumbo Boeing 747. Hablamos de un nivel de estrellato e importancia que raramente podría encontrarse en la actualidad fuera de futbolistas o pilotos de fórmula uno.

Todo eso sucedió porque, gracias a la invención del transistor y el tocadiscos doméstico, la música popular se convirtió en el principal vehículo para socializar entre la gente joven. Durante unos dulces años, no conoció competencia ni de chats, ni de videojuegos online, ni de grupos de WhatsApp, reinando en solitario entre una juventud próspera. Es normal, por tanto, que muchos jóvenes soñáramos con ser rockstars para disfrutar de popularidad y éxito económico. Por si fuera poco, teníamos los precedentes inmediatos de las décadas de los cincuenta y sesenta para demostrarnos que el sueño no era necesariamente inalcanzable, sino que en algunos casos había sido posible. Elvis, Beatles, Rolling Stones, Bob Dylan, eran la prueba de ello, pero además se habían ocupado en trabajar la parte de las letras en las canciones para expresar los anhelos juveniles de un mundo mejor. Nos permitieron vislumbrar que la música popular podía ser un vehículo perfecto para hablar de lo que nos rodeaba y compartir preguntas e inquietudes con nuestros contemporáneos. Obviamente, entre las músicas populares de aquel momento, el rock, por su facilidad de acceso y su estructura mínima y directa, era la más difundida y demandada. En cierto modo, es lo que siempre había transportado el folklore y parecía muy emocionante e innovador intentar provocar con nuestras canciones el folklore del futuro.

¿Qué queda de todo eso, de esas intenciones e inquietudes? Bueno, de aquella época hemos heredado un buen ramillete de canciones; todo un corpus de música popular que demuestra cómo es posible otra manera alternativa de hacer las cosas. Estoy totalmente de acuerdo en que el reguetón actual parece bastante desalentador, pero no se me ocurriría ser quién, creyéndose puro, tirara la primera piedra. Porque, al fin y al cabo, si hemos de buscar crónicas de ansiedades macho e historias de maltrato doméstico, el blues andaba lleno de ellas. Y el blues sigue siendo el padre de casi toda la música popular de los últimos cien años. Hasta el actual trap, si perseguimos hacia atrás el hilo invisible, viene del blues.

La diferencia principal, que detecto en el momento actual con respecto a aquel tiempo, es que todos esos contenidos que venían del blues, fueran correctos o incorrectos, iban acompañados de su comentario, de su nota a pie de página. Un buen ejemplo sería el éxito del que gozó en nuestro país, por aquel entonces, la rumba suburbial. Era un género híbrido que provenía de una especie de flamenco desnaturalizado, pero que alcanzó grandes cotas de expresividad y desgarro. Sus contenidos eran muchas veces políticamente incorrectos, pero nos traían noticia directa de lo que estaba sucediendo en los peores barrios. Nos otorgaban una oportunidad de conocimiento, básica y primaria si se quiere, pero cierta. Encima, el mundo del arte se interesaba enseguida en esos fenómenos y aparecían películas como «Deprisa, deprisa» de Carlos Saura, que ejercían esa función de comentario y pie de página que antes citaba. Además, a la música popular la acompañaba un entorno de revistas musicales que completaban el entorno necesario de comentario, contextualización e información sobre la historia de los diversos movimientos musicales.

Internet y las redes sociales han devorado totalmente ese ecosistema cultural. No es que el primarismo panfletario del reguetón no tenga su comentario o su nota a pie de página; seguro que está ahí, pero perdido en las inmensidades del ruido general y multitudinario de internet. Al aparecer indiscriminadamente, sobre un mercado musical en plena crisis digital, compitiendo con un sistema cultural dominado por la hipocresía del dinero público, el reguetón no consigue avanzar más allá del panfleto rijoso ni salirse por ahora de la única socialización del humor faltón. De haber tenido un ecosistema cultural propio como el que existió en anteriores generaciones, ya se habría discutido la versión aceptada de que su origen está en una innovación de reggae panameño. En realidad, habría que revisar cuanto de soca, de zouk de Martinica e incluso de ballenato puede rastrearse en sus bases musicales; además de volver a escuchar el rap ochentero de Run DMC o Beastie Boys para constatar que lo que no es tradición es plagio y las formas musicales son todas muy viejas. Es muy improbable que, en ese contexto tan indiscriminado, músicas populares como el actual reguetón puedan desarrollar ahora mismo derivaciones como las que tuvo el rock’n’roll con el rock sinfónico, el jazz-rock o el punk. Fueron géneros quizá a veces plúmbeos y ampulosos o inversamente enervantes, pero daban muestras al menos de la inquietud formal y la exploración que el comentario crítico y la nota informativa a pie de página acababan generando.

Cualquier música popular es al cabo una exploración de la libertad. Sin comentario crítico que la acompañe, cualquier joven de ahora tiene la desventaja de poder perderse en interpretarla literalmente y, en lugar de tener una oportunidad de mejorar su juicio crítico, terminar sencillamente más confundido.