Aitor Sánchez: «La gente se está matando comiendo mal»

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Una paradoja: ahora que tenemos mejores alimentos y más opciones es cuando más enfermedades hay derivadas de la alimentación, como sobrepeso, obesidad, hipertensión, alergias… De los motivos, las trampas de la industria y de cómo comer de forma sana habla Aitor Sánchez (Albacete, 1988) en el libro «Mi dieta ya no cojea» (Paidós).

–¿Es fácil comer saludable?

–El contexto no nos ayuda. Desde el punto de vista dietético, los alimentos que tienes que seleccionar para comer sano no son complicados, están en un simple mercado, no hay que irse a esa leche enriquecida, a ese yogur última innovación… Pero vas por la calle y solo tienes opciones superfluas y digamos que si no lo prevés, si no te preparas para salir al combate, lo vas a hacer mal. Por eso a veces comer saludable implica una preparación.

–¿Engañan las etiquetas?

–Las etiquetas deberían ser la última barrera para el consumidor, pero nuestro etiquetado y la publicidad son muy permisivos desde el punto de vista de que los consumidores nos llevamos a engaños: voy a comprar estas galletas con fibra o este jamón york bajo en grasa, pero no son saludables en su conjunto. Aunque no se debe estar todo el día mirando etiquetas, hay que darse cuenta de que la mayoría de los alimentos saludables no las llevan: berenjenas, tomates, huevos, un filete de carne, uno de pescado, legumbres…

–Alguna verdad se dirá…

–Este libro digamos que es el de las verdades. Muchos de los mensajes que hemos recibido sobre salud no eran del todo ciertos o porque se han transmitido mal o porque en lugar de estar basados en datos científicos había detrás intereses económicos… Por ejemplo: «Tienes que desayunar un tazón de leche con cereales». Vamos a ver, el ser humano no necesita por la mañana un tazón de leche con cereales, ¿por qué promovemos esto y no una macedonia de frutas o nueces? Muchos mensajes de salud han sido impuestos por un mensaje publicitario y parece que no hay más opción.

–O dicen: «Tú comías eso y no te ha pasado nada».

–O «mi abuelo bebía una botella de vino y llegó hasta los 90». Esas justificaciones no son válidas desde el punto de vista científico, son anécdotas. Que hayamos estado toda la vida comiendo panteras rosas, ¿qué pensábamos, que la pantera rosa iba a exterminar a toda la población española? Eso no iba a pasar. Lo que sucede es que hace décadas se mantenían alimentos que eran malsanos, como ahora hay otros productos malsanos. Un único alimento no va a determinar que acabes en una condición.

–Hay obsesión también en contar calorías…

–Cuando a la gente le lanzas el mensaje de las calorías se centran en ellas, y no en la salud. Acabamos comprando alimentos bajos en calorías que no siempre son sanos, como las tortitas de 99 calorías, los productos desnatados, light… Lo que hay que decir es que se tiene que comer saludable, porque si lo haces tu cuerpo se va a regular con una cosa que se llama apetito, que ha funcionado en toda la historia de la humanidad. El problema es que el apetito y la saciedad empiezan a funcionar mal si tomamos alimentos que no son saludables. La humanidad ha estado dos millones de años sin nutricionistas, nos han tenido que inventar ahora porque la gente se está matando comiendo mal, pero no hace falta estar pensando en gramos o calorías… ¿Cuántas veces hemos pestañeado hoy? Es tan irrelevante como las calorías.

–¿Es comer un placer?

–Sin duda, y para el ser humano ejerce una función hedónica importantísima. Luego, en el contexto español es lo que vertebra nuestras relaciones sociales: la gente queda a tomar un café, a comer, cenas de empresa… Pero tenemos la concepción de que comer sano no es placentero y eso es una falacia.

–Vamos con mitos: fruta entre horas, mejor que de postre.

–La fruta es mejor en cualquier momento. Lo curioso es que estos mitos siempre están alrededor de alimentos saludables, nunca alrededor de alimentos malsanos. Nadie te dice: «El gintonic engorda por la noche».

–Hablemos de modas negativas y positivas: el aceite de palma y la quinoa.

–El problema de centrarnos sólo en ingredientes hace que olvidemos que a los alimentos hay que valorarlos en su conjunto; es decir, cuando vino la crisis del aceite de palma, la industria sacó bollería sin aceite de palma, pero hicieron galletas con aceite de girasol, que tampoco es saludable; ahora han sacado el bollycao sin azúcar, ¿va a ser sano? No. Luego las modas en positivo: viene bien que se tome más aguacate, más quinoa, son muy sanos, pero se enfatizan tanto sus propiedades que parece que son mágicas. Te dicen: «Como quinoa porque tiene muchas proteínas». ¿Sabes que los garbanzos tienen más?

–Y el café, ¿es bueno?

–El café es sano, como el té, lo que pasa es que en España si dices que el café es sano, la gente va a empezar a tomarlo en su versión no sana, primero porque va a ser torrefacto; segundo ¿con qué lo acompaña? Con azúcar. ¿Y qué se toma alrededor del café? Tostada de pan blanco o bollería o dulces. Hay un compromiso comunicativo. Yo llamo a esto el «efecto canela»: te digo que la canela es sanísima porque baja el azúcar, controla mejor la insulina… Y tú te haces unas natillas.