Los efectos de la soledad: más enfermos y aislados

COMPARTIR

Ya lo decía Orson Welles: «Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos». También que la soledad a veces es tan grande que necesitamos compartir la vida para olvidarla. Sin embargo, la realidad demuestra que cada vez somos más solitarios y que compartir nuestras necesidades no es tan fácil como pensábamos. En España, la cifra de personas que viven sin compañía no deja de crecer, ya sea porque cambian de vida o porque se quedan sin una parte de ella. Sea como sea, la soledad ya se ha impuesto en una cuarta parte de los hogares españoles, lo que se traduce en 4.687.400, según la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística (INE). Y el número sigue subiendo.

Podría pensarse que buena parte de ellos son jóvenes dispuestos a independizarse o adultos que mejoran sus condiciones económicas, pero el mayor incremento se produce en personas mayores (+ 1,1%). De hecho, el colectivo que más crece es el de mujeres mayores de 65 años. Son 1.410.000 (+ 3,1% respecto a 2016), una cifra 2,5 veces superior al de los hombres mayores que viven solos. Pero aún más, a partir de los 85 años, el 41,3% de las mujeres siguen viviendo solas, frente al 21,9% de los hombres. «Esto es una cuestión principalmente sociodemográfica», explica a LA RAZÓN Emilio Ibáñez, miembro del Grupo de Investigación Gerontológica. «La gente tendemos a ir abandonando poco a poco a los mayores. Antes formaban parte de la familia y ahora los dejamos de lado».

El futuro pasa, entonces, por un hogar para uno mismo. La tendencia creciente no parará y España se seguirá llenando de solitarios más o menos ancianos. «Los mayores cada vez viven más y, por lo tanto, enviudan más», sostiene Leocadio Rodríguez, jefe del servicio de Geriatría del Hospital de Getafe. «El problema es que, en muy poco tiempo, empiezan a sentirse muy solos, la familia no responde como esperaban y entran en un círculo vicioso que les hace sentir peor».

En la mayoría de los casos, esa soledad no es deseada y, lo que es peor aún, la esperanza de romperla es baja. «Eso les genera mucho sufrimiento. Ahí es cuando hay que preocuparse, pues ese aislamiento esta asociado a una peor calidad de vida y al desarrollo de enfermedades de forma mucho más rápida».

Pese al constante aumento del número de ciudadanos que viven solas, los hogares más frecuentes todavía son los formados por dos personas, que suponen el 30,4% de total y aglutinan a 5,62 millones de habitantes. En España, según los últimos datos correspondientes a 2017, hay 18.472.000 hogares, 66.700 más que un año antes, y su tamaño medio es de 2,49 personas. «Conforme vamos haciéndonos mayores, nos volvemos cada vez más individualistas, por eso el número de miembros de una familia es menor», recuerda Ibáñez.

Así, el número de hogares formados en torno a parejas sin hijos era de 3,93 millones. El de parejas que vivían con un hijo era de 2,96 millones y las que tenían dos, de 2,78 millones. En cambio, aquellas que contaban con tres o más hijos ya bajaban hasta los 608.200. «Esto ocurre porque los jóvenes no tienen dinero para independizarse y, cuando lo consiguen, lo hacen en condiciones muy limitadas», describe Rodríguez. «De tal modo que no les permite formar un grupo familiar, así como tener pareja. Quieren vivir fuera del hogar de sus padres, pero sin los medios suficientes para formar su familia».

Aunque en el fondo, y solo hay que mirar a los países escandinavos, los modos de convivencia cambian tan rápido como los componentes sociales y culturales. De tal modo que, como añade Rodríguez, «el envejecimiento seguirá expandiéndose, pero los cánones de familia y de estilo de vida podrán variar con el tiempo. No obstante, todo parece indicar que, con el tipo de sociedad que tenemos, cada vez miremos más por nosotros y dejaremos de acordarnos del resto».

En mitad de la que podría ser una de las epidemias del siglo XXI, los que tienen mayor tendencia a padecerla son los hombres solteros y las mujeres viudas. Los datos así lo demuestran: casi 6 de cada 10 hogares unipersonales formados por hombres están habitados por solteros (58,3%); y casi 5 de cada 10, en el caso de las mujeres, por viudas (47,5%).

Dos datos que, en esta vorágine individualista, revela una tendencia que gana terreno sin distinciones. Y lo hace con un objetivo claro: demostrar que cada vez nos haremos más mayores, miraremos más por nuestros propios intereses y viviremos más acomplejados por esta soledad que ya está causando estragos.