«Mi deseo: que vengan a darme un beso los domingos»

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Josefa Caballero Febrero, Pepa, no aparenta la edad que tiene. El 11 de junio cumplirá 95 años y su voz suena muy risueña. «Tengo dos hijas, cuatro nietos, 11 biznietos y un tataranieto de 17 años», nos cuenta al abrir la puerta de su casa. A pesar de tener tanta familia, Pepa reconoce que se siente sola. «Viven en Alcalá de Henares y no vienen a verme. Siempre les digo que no tienen vergüenza porque no se acuerdan de mí para nada, y entonces se ríen y me dicen ”pero si estás muy bien, cuando nos necesites iremos”». «Sé que me van a regañar por decir esto, pero es que sólo les veo de Navidad en Navidad y no digo ninguna mentira. Hace un mes vino una hija mía a verme, pero a los demás no les veo desde Navidad». Pepa no entiende por qué cuando «mi marido vivía mis nietos se peleaban por ver quién iba con nosotros los domingos al fútbol –su marido era acomodador en el Real Madrid– y ahora no vienen. Yo nunca les he dejado solos».

Aunque llamar sí que le llaman. «Sí, eso sí. También me llaman mis nueras». Se nota que Pepa les adora. No hay rincón de la casa en el que no estén las fotos de sus familiares. «Yo comprendo que salen muy tarde del trabajo, pero que vengan un domingo a darme un beso».

El marido de Pepa murió en 1996. Al poco tiempo, «Berta, que venía conmigo al comedor del centro de mayores», le habló de la Fundación Amigos de los Mayores –que necesitan más voluntarios, dado que cada vez hay más personas mayores que están o se sienten solas–.

«La soledad es muy mala», apunta Pepa. Gracias a ellos, «no me siento sola. Tienes más alegría. Tienes ganas de ver a los voluntarios porque hay veces que lloro…», dice emocionándose. «Sabes así que hay alguien que se acuerda de ti», añade.

Dos voluntarios de la Fundación van a verla todas las semanas. Ayer estaba Miguel Ángel, que va los martes y los jueves tres horas: «El primer día Pepa no me quería porque era hombre, eso le echaba para atrás. Luego me la gané al decirla que sabía hacer punto».

Pepa se ríe. «Es verdad, quería una mujer. Me daba vergüenza que viniera un hombre a buscarme al centro de mayores y con lo alto que es… Me decía para mí, ”¿cómo me voy a agarrar del brazo de este hombre, le dará a él vergüenza siendo yo tan pequeñaja”». Y luego también pensó en «cómo iba a meterle en mi casa siendo un hombre mayor (de 53 años). Pero le gusta mucho hacer punto. Yo le voy corrigiendo, pero eso era al principio. Ahora lo hace muy bien», dice enseñándonos unos patucos de adulto o unas zapatillas de punto.

«Estoy más acompañada porque antes no venía casi nadie a mi casa. Somos (dice refiriéndose a los voluntarios y a sus compañeras de la Fundación) como una familia. Lo pasamos muy bien cuando nos juntamos».

«Enseguida se coge cariño a los voluntarios», afirma Pepa. Por eso recomienda a todos los mayores que se apunten. «Y a todos los nietos les diría que quieran mucho a sus abuelas, y también a sus abuelos, porque ellos antes miraban sólo por ellos y ahora son los nietos los que tienen que mirar por nosotros. Que les quieran mucho, que vayan a verles y que les llamen porque eso nos pone muy contentos».

Le pedimos a Pepa que nos diga cuál es su mayor temor y qué deseo pediría: «Mi mayor miedo es cuando me acuesto. Ellos están lejos y crees que estás sola. Me da miedo ponerme mala por la noche, aunque tengo el botón rojo de teleasistencia. Funciona muy bien. El deseo… que se me curen las piernas para que yo pueda andar como antes y ver más a mis hijas, nietos, biznietos y al tataranieto».