¿Existió un Gulliver español de 57 metros?

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En el año 932, la Reconquista cristiana avanzó posiciones. El rey Ramiro II de León consiguió abrir una amplia brecha en la muralla del Madrid musulmán, a través de la cual pudieron adentrarse quinientos jinetes. El destacamento saqueó enseguida la ciudad, llevándose consigo a un buen puñado de sus habitantes como botín de guerra. Dos años después, el califa de Córdoba Abderramán III ordenó reforzar la fortificación para evitar más incursiones del enemigo al considerar que la plaza madrileña poseía un gran valor estratégico en su lucha por el control de la Península. Fue entonces, durante las obras de reconstrucción, cuando se produjo un hecho insólito: conforme se cavaba el foso para proteger la muralla, se halló de repente una tumba que contenía un gigantesco cadáver de… ¡cincuenta y siete metros de largo desde la cabeza hasta la punta de los pies!

Este increíble descubrimiento causó un revuelo tal, que tuvo que acudir el cadí en persona acompañado de varias testigos. La máxima autoridad de la administración de Justicia comprobó poco después que todo era tan real como la vida misma. Así que no tuvo más remedio que levantar acta para certificar el asombroso descubrimiento e iniciar una exhaustiva investigación que aclarase todo. ¿Realidad o fantasía? Consignemos que tan extraño acontecimiento aparece reflejado en varias crónicas árabes, lo que le confiere una cierta pátina de verosimilitud. Primero, lo menciona Ibn Hayyan, reputado historiador hispano-musulmán del siglo XI; después lo hace el geógrafo Al Himyari, en su célebre tratado El libro del jardín fragante.

De los cíclopes a los trolls

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Hablamos acaso del esqueleto de un portentoso gigante de carne y hueso? ¿Del Gulliver español…? Por desgracia, no tenemos noticia del resultado de la investigación ordenada por el cadí, razón por la cual debemos remitirnos en este aspecto al campo de la pura especulación para no pecar de imprudentes.

Sea como fuere, historias de seres colosales han invadido la imaginación de la humanidad entera a lo largo de los siglos. Empezando por la Biblia y siguiendo por el Talmud babilónico o el Popol Vuh maya, podemos encontrar en ellos narraciones de su presencia en la Tierra desde tiempos inmemoriales.

También existen los cíclopes griegos o los trolls escandinavos. Y lo cierto es que el mito es común en la mayoría de las civilizaciones. Algunos autores mantienen incluso que estas criaturas fabulosas no fueron una invención de mentes calenturientas, sino que tuvieron una existencia real. Sostienen así que la raza de los gigantes convivió con el hombre primitivo, y que se conservan hoy rastros de ella en los cinco continentes.

Pero la arqueología convencional considera que esas huellas corresponden más bien a restos óseos de animales formidables que poblaron nuestro planeta antes del cambio climático causado por la última glaciación. Esta explicación nos aporta una hipótesis probablemente más científica para esclarecer el misterioso hallazgo acaecido durante el dominio musulmán de la que más tarde sería capital de España. Pero para ello debemos remontarnos al menos 85.000 años.

Según algunos paleontólogos, el paisaje que presentaba entonces «la villa y corte» difería bastante del actual: una sabana casi desértica se extendía por estos lares, con un clima tropical árido y hasta diez meses de sequía al año. Algo parecido a las estampas que hoy pueden contemplarse en diversos lugares del África central y oriental, pero con una diferencia en modo alguno baladí: el descomunal tamaño de la fauna que poblaba sus alrededores. Jirafas, hienas y rinocerontes campaban a sus anchas por donde hoy se levantan lujosas urbanizaciones como la de Somosaguas. Pero también existían animales mucho más grandes, extinguidos de la faz de la tierra hace milenios: tigres de dientes de sable, mastodontes, elefantes lanudos o megaterios… Y por supuesto, el llamado Bos primigenius, un ejemplar monstruoso de toro con unos cuernos tan largos que harían temblar hoy de miedo al más osado de los matadores. Con todos esos engendros tuvo que vérselas el hombre de Neanderthal, quien no se caracterizaba precisamente por una vida longeva. Eso sí, cuando tenía la suerte de cazar alguno de aquellos paquidermos podía darse el banquete de su vida. De hecho, se ha demostrado que el Neanderthal consumía también la médula de aquellos mastodontes, gracias a la cual conseguía aminoácidos esenciales para el funcionamiento del cerebro.

¿Acaso el Valle del Manzanares fue en su día una especie de Arca de Noé…? En ese caso, ¿quién puede negar que el esqueleto del gigante hallado en la muralla árabe de Madrid fuese en realidad el fósil de uno de aquellos animales prehistóricos? Solo Dios lo sabe…