Panahi en tiempos del #Metoo

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El pasado sábado 82 mujeres tomaron la alfombra roja del Gran Théâtre Lumière para reivindicar sus derechos. 82 es el número de cineastas seleccionadas por el Festival de Cannes en toda su historia frente a los 1.688 directores de sexo masculino. Las cifras cantan, y la protesta clama al cielo: igualdad de salarios y oportunidades, con las voces autorizadas de Cate Blanchett y Agnès Vardà como cabezas de cartel. Parece lógico, pues, que la jornada de ayer estuviera protagonizada por la reivindicación de la fuerza de lo femenino en sociedades que ningunean o violan sus libertades. Fue el caso del iraní Jafar Panahi con «Three Faces», que continúa el discurso feminista de «Offside» después de ocho años de un arresto domiciliario que sigue sin impedirle expresarse como cineasta, por mucho que no haya podido viajar a Cannes para defender su película.

Una joven aspirante a actriz graba el vídeo de su suicidio, que Panahi recibe misteriosamente en su móvil. En él, la chica acusa a una célebre actriz de haber ignorado sus peticiones de ayuda. En el arranque de «Three Faces», que documenta el viaje en coche del cineasta y Marziyeh Rezaei (que se interpreta a sí misma) hacia un pueblo del norte de Irán donde presuntamente se han grabado esas imágenes, Panahi pone en marcha el dispositivo vertebrador de su cine que es el de su maestro Kiarostami: la sombra de la duda perpetua que se cierne sobre la verdad del registro de lo real– con el análisis de ese vídeo, y la responsabilidad moral que se deriva de él. El vídeo, claro, será un «macguffin» para que Panahi retrate, desde un (falso) segundo plano, el machismo de la sociedad iraní a través de la historia de tres actrices –a una de ellas, que vive recluida en el pueblo, y que fue famosa en el cine del Irán prerrevolucionario, nunca llegaremos a verla– que representan el tenebroso pasado, presente y futuro de esa mujer que quiere dedicarse a una profesión que el patriarcado considera indigna y profana.

Saber escuchar

Es fascinante la sencillez con que Panahi, adicto a los encuentros pregnantes de significado, deja que su denuncia se despliegue con placidez, haciendo que cada personaje secundario trascienda el color local para aportar información capital a una tesis que nunca se hace obvia. A Panahi le interesa el mundo, sabe escuchar lo que cualquiera tenga que decirle, y las anécdotas, las supersticiones, los hábitos de quienes jalonan su camino, siempre generan una historia paralela, un desvío, una digresión, que contribuye al sentido final de la película sin prejuzgar a sus personajes. Es el método opuesto al que sigue la francesa Eva Husson en la infame «Las hijas del sol», que es el típico filme convencido de que la relevancia de su tema justifica su existencia.

He aquí la historia de unas guerrilleras kurdas que en el pasado han sido violadas y vendidas como esclavas por los extremistas islámicos, dispuestas a reducir a cenizas a los terroristas del ISIS. Hablar de empoderamiento es faltar al respeto a estas heroínas que arriesgan su vida para recuperar la dignidad perdida. Por eso «Las hijas del sol» resulta tan irritante y frívola pese a su tono severo. Parece una película diseñada con escuadra y cartabón para los tiempos del #metoo. El drama de las dos protagonistas –Bahar, la líder del grupo, cuyo via crucis se despliega con todo lujo de detalles sensacionalistas y que parece incapaz de hablar sin soltar titulares; y Mathilde, la corresponsal que se ocupa de convertir a Bahar en objeto de su reportaje, que leerá en «off» durante los créditos finales, para sonrojo del espectador– es materia prima de suplemento dominical.