Atrapados en la biblioteca de Borges

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A un escritor se le encuentra siempre en su biblioteca, en las lecturas que han ido moldeando su estética y nutrido su imaginación de ideas y reflexiones. Jorge Luis Borges, con su ceguera lúcida, concibió la biblioteca como un laberinto personal (quizá también como una identidad) y al contemplar hoy la suya, con sus ejemplares anotados y los lomos gastados por el uso, lo que nos devuelve es el retrato de un narrador voraz, inquieto, preocupado por todos los vértices del saber, pero, sobre todo, aquellos que tienen que ver con el pensamiento. «La mayor parte de sus libros están relacionados con la filosofía y la religión. Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, que sus estantes estarían repletos de libros de relatos, cuentos o poesía, en lo que centró de manera particular su atención fueron en esta clase de lecturas», aclara Fernando Flores Maio, quien, junto al fotógrafo Javier Agustín Rojas, ha publicado «La biblioteca de Borges» (Paripé Books), que reúne una colección de imágenes de los volúmenes más importantes que el narrador conservó a lo largo de su vida y las diferentes anotaciones que fue apuntando en sus guardas y páginas. «Aquí están los títulos que a él le gustaba leer y releer. Siempre le interesó la filosofía oriental y la forma en que trataba los temas éticos y los seres humanos. Las obras que no le gustaban jamás las conservó, porque las regalaba enseguida», asegura María Kodama.

Estas páginas son la confirmación de unos gustos amplios, sin horizontes, que van desde títulos como «Los pilares de la sabiduría» de T. E. Lawrence, un aventurero al que él admiraba especialmente, hasta «La vida de Oscar Wilde», de Hesketh Pearson o la «Divina comedia», de Dante. «Le fascinaban en especial las distintas traducciones que se hicieron de este libro a lo largo del tiempo. A él le gustaba chequear cómo se realizaron las primeras, cuáles eran las mejores, qué se respetaba del texto original y qué no», explica María Kodama.

Uno de los atractivos de este trabajo es leer las notas que tomaba Borges durante sus lecturas. «No existe un denominador común. Solo son aspectos que le llamaban la atención y que le podían ayudar a redondear una idea. Ellas me han afirmado en la convicción de que detrás de la creación de Borges existe una filosofía de vida que, justamente, incide en la felicidad y en cómo llegar hasta ella. Por algo aseguraba que no existía un día en que no estemos durante un instante en la felicidad», asegura Flores Maio.

Entre el cuento y la novela

María Kodama cuenta que Borges utilizaba la mayoría de esas notas para sus «conferencias o porque deseaba señalar algo que le interesaba recordar más adelante. Le gustaban determinadas citas». Kodama recuerda asimismo los días en que ella le leía libros y explica: «Cuando se aproximaba a uno, en lo primero en que se fijaba es en la forma en que estaba escrito. Si no le gustaba, pasaba a otro. Los que le atraían, simplemente decía “bien” y dejaba que continuara. Por la manera de escribir podía considerar si ese autor era bueno o no. Las novelas, en realidad, no le gustaban demasiado. Para él, hacían perder el tiempo, porque decía que ahí se encuentran salones de té, cucharas, elementos y recursos que evitan la acción directa, algo que sí te permite, sin embargo, el cuento y el poema, que por su brevedad son como una flecha lanzada al blanco. Eso para Borges era lo perfecto». Fernando Flores Maio explica, además, que esta biblioteca, compuesta de unos 2.000 volúmenes (los más queridos los guardaba en su habitación), todavía puede ser una gran fuente de información para los especialistas. Uno de los puntos más curiosos para muchos es que la mayoría de estos libros están en inglés. Y que en ellos tienen una preeminencia clara autores como Henry James, Cocteau, Emerson, Bernard Shaw, Spinoza, Milton, Homero, Conrad o su querido Stevenson. «Él contaba que una vez se le acercó un joven, le saludó y le reconoció que había descubierto a Stevenson gracias a él. Borges se puso muy contento. Solo por eso eso, para él, ya todo había merecido la pena».