«El banquete»: ¡Brindemos por el teatro!

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Autor: Álvaro Tato (a partir de Nancy Huston). Dirección: Helena Pimenta y Catherine Marnas. Intérpretes: Lola Baldrich, Pablo Béjar, Jimmy Castro, Gonzalo de Castro, Aleix Melé y Manuela Velasco. Teatro de la Comedia. Madrid. Hasta el 3 de junio de 2018.

Sigue dando buenos frutos la colaboración hispano-francesa entre la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatro Nacional de Burdeos en Aquitania. Él último de ellos es este simpático homenaje a los clásicos, que reivindica el papel fundamental que desempeña la ficción en el conocimiento de la realidad, en el desarrollo intelectual del individuo y en la forja de una identidad cultural sobre la cual proyectar nuevos retos y preguntas. Encargado de la dramaturgia para la versión española, Álvaro Tato ha hecho un prolijo repaso por el Renacimiento y el Barroco deteniéndose en las obras más conocidas de aquel tiempo e incluyendo además algunas de autores extranjeros tan universales como Shakespeare o Molierè. Fragmentos de «La Celestina», «El perro del hortelano», «La vida es sueño», «Hamlet», «La dama boba», «El avaro», «El alcalde de Zalamea», «Romeo y Julieta», «El caballero de Olmedo», entre otras muchas obras, se engarzan en un texto que busca el desenfado y el contacto próximo con el público sin perder nunca su hondura poética. De tal manera que los actores narran y recitan mirando al espectador a la cara, rindiendo un tributo a la amistosa conversación, elevada a la categoría de arte por Sócrates, y a la epicúrea celebración de la vida. Esto quiere decir que, como en un verdadero banquete, Helena Pimenta y Catherine Marnas, que firman de manera conjunta la dirección –aunque uno entienda que cada una habrá hecho un determinado trabajo con su respectiva versión–, han dispuesto a los espectadores en torno a una gran mesa engalanada con un blanco mantel sobre la cual hay copas y jarras de vino, para que cada cual se sirva y beba mientras dura la representación. Ciertamente, la originalidad del formato no puede casar mejor con el sentido profundo de la obra; al fin y al cabo, como decía al principio, todo está pensado como una gran fiesta, como un tierno homenaje a la fabulación y una invitación a no dejar nuca de ejercitarse en ella, pues quizá no haya otra brújula igual de fiable para seguir buscando el esquivo norte en el curso de la existencia. Tanto por la selección de los textos –hay, por ejemplo, una remarcada presencia de «La vida es sueño»– como por el tono de sutil y elegante melancolía que da cohesión a todos los pasajes, se diría que hay un escepticismo no oculto en la mirada del adaptador y de la directora hacia las irresolubles preocupaciones que rigieron y regirán siempre la invención, la creación artística de cualquier autor; pero también existe en esa mirada un hermoso sentimiento de fraternidad y compasión que se transmite muy bien al respetable gracias al trabajo de unos actores diferentes en edades y estilos. Quizá por su mayor veteranía, destacan Lola Baldrich, extraordinariamente suelta y pizpireta en unos papeles en los que no es fácil verla, y Gonzalo de Castro, que aprovecha el marco de festividad en el que se encuadra la obra para llevar a sus personajes a ese punto de locura tan divertida que él maneja a la perfección.