Matrix existe… en caracoles

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Las memorias se pueden transmitir de unos individuos a otros de numerosas maneras. Se puede escribir un texto recopilando conocimientos, se puede grabar un vídeo, se pueden transferir archivos digitales preñados de información. Desde que el ser humano tiene cultura, tiene memoria, tiene historia… es capaz de legarlas a otros.

Pero la investigación de la que tuvimos conocimiento ayer gracias a la publicación especializada «eNeuro» va más allá. Se trata de transferir directameznte un recuerdo del cerebro de un individuo al cerebro de otro; de trasplantar, literalmente, memorias. Parece de ciencia ficción pero es ciencia real, tan real que se está llevando ya a cabo en los laboratorios de neurociencia de la Universidad de California liderados por el profesor David Glanzman. De momento, los sujetos que han sido agraciados con el primer caso de trasplante de memoria son dos caracoles. Pero la tecnología podría, en el futuro, estar disponible para seres humanos… quizás.

Buena parte de la capacidad de aprendizaje de un cerebro (sea humano o no) y, por lo tanto, de su habilidad para almacenar recuerdos, se ha creído tradicionalmente que reside en las fluctuaciones de actividad entre las conexiones neuronales (las sinapsis). De hecho, desde el punto de vista neurofisiológico, esos cambios de actividad entre neuronas pueden ser la definición clínica de la memoria.

Pero algunos expertos creen que esta definición es demasiado reducida. Entre ellos, Glanzman que lleva años tratando de demostrar desde su laboratorio de California que las bases de la memoria animal no están solo en las terminaciones de las neuronas, también pueden encontrarse en el mismo núcleo de las células neuronales. De alguna manera, el acto de recordar es una acción modulada en parte por las conexiones que se activan u desactivan y en parte por la información que se ha impregnado en el ARN de la misma célula. Es como si utilizáramos un altavoz para hablar: tan importante es el altavoz como la calidad de nuestro discurso. Para Glanzman, la sinapsis neuronal no es más que un reflejo de la información del núcleo de manera que sin queremos saber dónde residen realmente los recuerdos, deberíamos mirar al núcleo.

Hace unos años, este científico dio un paso de gigante hacia la confirmación de su teoría ayudándose de sus objetos de investigación preferidos, los Aplysia californica, un molusco gasterópodo comúnmente conocido como babosa marina borracha. El investigador aplicó a un grupo de estos animales una sesión de shocks eléctricos. Como resultado de esta estimulación, las terminaciones nerviosas del animal se activaron de manera que las neuronas sensoriales se pusieron en contacto con las neuronas motoras, la típica respuesta refleja similar a la que experimentamos cuando apartamos la mano de una plancha ardiente.

La respuesta a este tipo de estímulos es aprendida. De manera que cada vez que se vuelve a aplicar el estímulo la respuesta se repite. Cada vez que nosotros tocamos una plancha caliente retiramos la mano porque nos acordamos de que ese contacto es doloroso. Pero si algo fuese tan mal en nuestra memoria que no tuviéramos ese recuerdo tardaríamos más en reaccionar. Glanzman trató de provocar ese cortocircuito en los caracoles inhibiendo la producción de serotonina. Esta sustancia es un neurotransmisor, es decir, facilita la relación entre neuronas. Al inhibir su actividad, el autor descubrió que los caracoles «olvidaban» el acto reflejo. Había descubierto, al menos según su teoría, que las memorias no están realmente en la conexión entre neuronas.

Entoces, ¿dónde están? El científico cree que se encuentran en el núcleo celular y ahí es donde llega el fascinante estudio publicado ayer. En primer lugar, habituó a una serie de babosas a realizar un tipo de respuesta a un acontecimiento determinado. Es lo que se llama un engrama: la impresión que deja un suceso en nuestra memoria. Estas huellas de nuestras vivencias constituyen la base de la memoria, al menos de la memoria refleja. Es fácil generar un engrama. Por ejemplo, aplicando electricidad a un animal de laboratorio. Es posible que al animal le quede «impresa» la desagradable experiencia en algún set de neuronas.

El descubrimiento

Una vez entrenados unos cuantos caracoles, los autores del experimento extrajeron ARN del núcleo de sus células neuronales y se lo inyectaron en el núcleo celular de otros animales que no habían sido sensibilizados previamente. Sorprendentemente, al producirse ese injerto los caracoles no entrenados respondieron como si se les hubiera aplicado una corriente eléctrica. Imagine por un momento que a su vecino le aplican una descarga y acto seguido le inyectan a usted parte del ARN de esa persona para que usted sienta también el recuerdo de haber recibido una descarga. Parece estremecedor, pero es exactamente lo que ha ocurrido en el laboratorio de California… aunque con babosas en lugar de seres humanos.

Según Glanzman y su equipo, este experimento demuestra que las memorias pueden trasplantarse y que el ARN puede usarse para modificar los recuerdos de un individuo. Cuando Glanzman habla de individuo se refiere a un gasterópodo de la especia Aplysia califórnica. Pero a nadie se le escapa que la pregunta que hay detrás de este ensayo está latente: ¿Qué pasaría en el caso de los humanos?