Cómo crear una película de culto

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«Under the Silver Lake», que concursaba ayer en la sección oficial de Cannes, es la película de alguien que se ha perdido, fascinado, por las notas a pie de página de «La persona deprimida», de David Foster Wallace. O que, en su mesilla de noche, tiene ejemplares gastados por el uso de «La subasta del lote 49», «V» y «Puro vicio», todas ellas novelas de Thomas Pynchon. O que lleva dos décadas preguntándose quién mató a Laura Palmer. Después de la excelente «It Follows», que deslumbró en la Semana de la Crítica de este mismo festival en 2014, el norteamericano David Robert Mitchell ha construido la perfecta película de culto para estos tiempos de confusión «millenial». ¿Cómo sobrevivir al tedio sino leyendo los signos de una realidad esquizofrénica, agrupándolos en un discurso que nos ayude a descifrar la verdad de la posverdad, convirtiendo a una ciudad como Los Ángeles en un laberinto sin fin?

Canciones, cómics y cereales

A Sam (convincente Andrew Garfield) están a punto de desahuciarle, no tiene trabajo conocido y consume sus días fumando cigarrillos y espiando a sus vecinas. El día en que una de ellas, Sarah, que le ha robado el corazón, desaparece, su energía pasiva se transforma en interés detectivesco. Todo le sirve para construir una topografía del delirio contemporáneo: una canción pop, una caja de cereales, un cómic underground. Mitchell encadena referencias en verso libre: de la Janet Gaynor de «El séptimo cielo» pasamos al Dan, el hombre que vive aterrado por una pesadilla, de «Mulholland Drive» y de las calles oscuras y amenazantes de «La mujer pantera» pasamos a las páginas secretas de la Nintendo Power Magazine.

El camino que conduce hasta Sarah es meándrico, fractal, y a veces da la impresión de que el propio Mitchell se pierde en él por el placer de perderse, de darse contra la pared de sus brillantes ocurrencias. Es lógico que lo haga, dado que la episódica trama, imposible de abarcar en su psicótica complejidad, es una traducción de las teorías de la conspiración que animan las nuevas tecnologías –aquí completamente ausentes–, y que sus referentes literarios –a la lista podríamos añadir el primer Don DeLillo, el de «Americana»– alimentan estos laberintos borgianos y esa atmósfera sonámbula, pero parece que, en algunas ocasiones, está demasiado enamorado de su capacidad de fabular o de multiplicar los desvíos fantásticos de su argumento.

Con todo, «Under the Silver Lake» reparte mil ideas por segundo, a cual más estimulante. La más llamativa es la de sugerir que toda la cultura popular es un simulacro imaginado por una sola voz demiúrgica, que incluso «Smells Like a Teen Spirit», el himno rebelde de toda una generación, fue compuesto por un viejo pianista acartonado y megalómano. O que, en las catacumbas de la ciudad de Los Ángeles, los ricos se esconden para vivir otra vida, perversa y alienada.

Los ricos son los villanos en «De la guerre», en la que Stephane Brizé amplía su discurso crítico sobre el desvalimiento de la clase obrera durante la crisis que inició en «La ley del mercado», también protagonizada por Vincent Lindon y que también se presentó en Cannes, en 2015. El cierre de una fábrica de piezas de automoción, que dejará a 1.100 trabajadores en el paro después de que la empresa firmara un pacto con ellos para evitar despidos durante un periodo de «falta de competitividad», provoca la encendida protesta del colectivo de afectados. Siguiendo el método de Laurent Cantet en «La clase» o de Abdellatif Kechiche en «Cuscús», Brizé deja que cada secuencia, sea de manifestación, negociación con los directivos o debate entre los obreros, se despliegue en tiempo real. No salimos del mundo laboral, de la cárcel impuesta por los dictámenes del mercado, de la guerra de insultos, reproches y estrategias de defensa que ambos bandos ponen en práctica.

La película reproduce el muro de contención empresarial y la desesperación que provoca una situación estática desde la repetición y la redundancia. Cada secuencia es una pequeña variación de la anterior, con Lindon ejerciendo de portavoz sindical y héroe cotidiano, capaz de llevar hasta las últimas consecuencias su lucha contra la injusticia corporativa que se está prepetrando. Es una estrategia coherente con el tema del filme, pero que puede llegar a agotar la paciencia del espectador, atrapado, como los personajes, en un «huis clos» sin apenas desarrollo dramático, hasta que Brizé decide, de un modo un tanto brusco, acabar su epopeya proletaria en clave de tragedia.