Cervantes, la traición del soberanismo

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Muchas son las alusiones de Cervantes a Barcelona en toda su obra, y no solo en «El Quijote». Muchas y halagadoras. Es más: incluso nodales, estructurales, de sus escritos. Por ello, la tradición cervantística catalana es de las más ricas que ha habido, en lo material y en la interpretación intelectual, en lo tangible, y en lo intangible. Maestros, coleccionistas, creadores y recreadores, sabios y rigurosos lectores de la obra de aquel que nació en Alcalá de Henares…

Es natural. Porque Cervantes nos ha regalado a los que hemos perdido el juicio por los libros antiguos y sus contenidos unas frases que, en verdad, emocionan todavía, y más aún si vemos que reflejan un mundo que ha durado 500 años y que se nos escapa, se nos escurre entre los dedos, se desagua: «Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie […] y, así, él y Sancho […] salieron a pasearse. Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: ”Aquí se imprimen libros”, de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto imprenta alguna y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro…», etc. ¡Qué pasaje tan bello dedicado a Barcelona y su primor artesanal cultural!

El concepto que tiene Cervantes de la Ciudad Condal es exquisito. Por ella siente un respeto y una admiración apolínea, porque es en Barcelona donde se celebran las justas poéticas más interesantes del momento, o casi las más interesantes. Y una justa poética era tanto como reunir o invitar a participar en un concurso de creación literaria a gentes de la más variada condición y estilos, pero siempre buscando, la originalidad, ser laureados, admirados y reconocidos. ¿Puede alguien que haya sentido algo por Barcelona, por la Barcelona literaria de finales del Renacimiento, no tener en consideración la escena de la «Adjunta» al Viaje del Parnaso: «Cómo fui, fue por mar, y en una fragata que yo y otros diez poetas fletamos en Barcelona; cuándo fui, fue seis días después de la batalla que se dio entre los buenos y los malos poetas; a qué fui, fue a hallarme en ella, por obligarme a ello la profesión mía? Los poetas de profesión tenían la obligación de estar en Barcelona» («El Quijote» II-LIX).

Cervantes comparte con nosotros sus recuerdos de vida marinera. Son esas instantáneas las que reproducirá por escrito con su sensibilidad. ¡Qué bella es la descripción (en la Novela ejemplar de «Las dos doncellas»), en el ocaso del día, de la ciudad con su claridad apagándose: «Con todo esto, no se descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron a Barcelona poco antes que el sol se pusiese». Efectivamente, llegaban a Barcelona al atardecer y entonces, «admiróles el hermoso sitio de la ciudad y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo». ¿Se puede regalar de manera más concisa y atinada la belleza de una metrópoli?

Puerto de peregrinos

En varios pasajes recrea la gran cualidad de Barcelona, la de ser puerto de salida hacia el Mediterráneo; puerto militar (¡qué gran embarque aristocrático europeo en 1535 hacia Túnez!) y puerto…, ¡de peregrinos!. En efecto, sobre la primera condición, una alusión, llena de datos en «El Quijote», II-LX: «Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que dicen están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta 200 o 300 escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros». Sobre la segunda condición, la de puerto de peregrinos, lo que escribió en «Persiles y Sigismunda» (III-XII): «Determinaron alargar sus jornadas, aunque fuese a costa de su cansancio, por llegar a Barcelona, adonde tenían noticia habían de tocar unas galeras, en quien pensaban embarcarse, sin tocar en Francia, hasta Génova».

Cervantes eleva a los altares a Barcelona. En sus playas empieza el fin de «El Quijote». El fin de la obra literaria y el fin del Quijote, como personaje. Efectivamente: era imprescindible que se pusiera punto y final a la obra, no fuera a haber alguna otra continuación como la aciaga de Avellaneda…, y para ello había que acabar con el personaje. Magistralmente termina con su criatura Cervantes, no dándole muerte, sino haciéndole recobrar el juicio. Con ello, se acaba el loco pues se vuelve cuerdo y…, ¡tiempo vendrá después en que muera –ya sí– el hombre normal, con su testamento, sus zozobras y las lágrimas de sus prójimos! Todo ello imaginado alrededor de 1615.

Una justa patética

Y, en fin, este es el momento lacrimero: se desarrolla en «El Quijote» II-LXIV y siguientes. Se encuentran en la playa de Barcelona don Quijote y un desconocido, pero arrogante, Caballero de la Blanca Luna, que se mofa de Dulcinea. Ni más, ni menos. Don Quijote le reta. Don Quijote sale escaldado del torneo, de la justa, que esta vez, no es poética…, sino patética. Al ser vencido, ha de retirarse a sus estados por un año y deben cesar sus hazañas, pues ha sido derrotado en buena lid. Apesadumbrado y melancólico, «al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había caído, y dijo: –¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se obscurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!». En esa ciudad, en su playa, arranca la declinación de la más fascinante novela que se ha escrito, según el decir de los que la han entendido (entre los que no está Mikita Brottman, excelente autora, que para eso es psicoanalista, filóloga y de Oxford, aunque forense en Baltimore, según creo).

El caso es que tan solo en menos de media docena de alusiones de Cervantes a Barcelona se destila por la tinta de su pluma su innovación, su inmensa y multisecular creatividad, su sensibilidad extrema y su inconmensurable respeto y admiración hacia lo catalán en general (que no sea bandidaje o pillaje) y lo barcelonés en particular. No se pueden terminar estas cortas líneas sin recordar su otro elogio –en detrimento de Zaragoza, cuna del falsario Quijote– a Barcelona y a los barceloneses, tantas veces esgrimido, tantas olvidado, que sirve para imbricarles dentro de la fascinante, enorme y genial variedad de lo español: «Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y, en sitio y en belleza, única» («El Quijote», II-LXXII). Pues eso.