En el dormitorio de Frida Kahlo

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La Casa Azul, en el barrio de Coyoacán, es de una luminosidad que te hace guiñar los ojos. Cuando el sol se estrella, literalmente, sobre su fachada, el espectáculo resulta impresionante. Quizá porque la luz de México es solo igual a la luz de México y no existe nada que se le parezca. Allí, entre aquellos jardines, en esas estancias tan cálidas, vivió la mujer del entrecejo, la enorme Frida Kahlo, tan inmensamente fuerte a pesar de su salud quebrada. Fue feliz a su manera, con un hombre, Diego Rivera, que la sacaba años y ventaja con las mujeres, a ella, a la que nadie, ninguno, ninguna, se la ponía por delante.

La Casa Azul, que levantó Juan O’Gorman en 1932, es una residencia de cuento de hadas, y no porque parezca inverosímil su arquitectura, sino porque la historia que condensas sus paredes, muchas más que cuatro, en ocasiones resultó más pesadilla que disfrute. En sus estancias se desparrama la vida de la artista. Cada uno de los objetos que la pueblan forman parte de la vida de quien se ha convertido con el tiempo, o quizá ya lo fuera al poco de nacer, en un icono. No era necesario esperar más.