¿Vamos hacia el género neutro?

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Reconocido como una opción legal para aquellos que no se quieren distinguir ni como hombres ni como mujeres, la reivindicación de lo neutro como género en sí mismo es una realidad ya asumida en algunos países europeos y una corriente que avanza en el nuestro a pasos agigantados. En España es el feminismo quien reivindica, cada vez con voz más alta, la necesidad de un cambio en el lenguaje para que sea más “inclusivo” y haga visible el papel de la mujer y su independencia del hombre.

Han pasado diez años desde el “miembros y miembras” de la primera ministra de Igualdad y –haciendo un esfuerzo por dejar al margen la incorrección lingüística– ahora hasta podría parecer que Bibiana Aído fue una precursora de las voces que critican que el nuestro es un lenguaje sexista, que debemos corregir, e incluso que sería necesaria la creación de un género neutro. Si la vicepresidenta del Gobierno de Pedro Sánchez y “sucesora” de Aído en Igualdad, Carmen Calvo, prometió el jueves “mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de ministras y ministros” fue para evidenciar la mayoría de mujeres en el nuevo Ejecutivo y para hacer un guiño al movimiento feminista y su lucha contra el sexismo, que aseguran que rodea a nuestra lengua.

Para la profesora americana de comunicación política internacional en la Universidad Europea de Madrid, Alana Moceri, “en inglés lo tenemos más fácil porque tenemos mucho más lenguaje neutral. Además hemos ido avanzando en algunos campos como en el del tratamiento a los hombres y las mujeres. Por ejemplo, hasta los años 70 se utilizaba la fórmula de “Mr” (mister) para hombre casado o soltero, y sin embargo se diferenciaba a las mujeres en función de su estado civil: a las casadas se les denominaba “Mrs.” y a las solteras “Miss”. Sin embargo, el movimiento feminista lo cambió y ahora para referirnos a cualquier mujer, independientemente de su estado civil o edad, utilizamos la fórmula “Ms”. Aquí se me hace muy raro cuando me llaman “señorita” porque parece que me están tratando como a una niña pequeña, pero luego me dicen que “señora” es de muy mayor o de casada. Creo que aquí necesitamos un tratamiento más neutral. El problema es que en español todo es masculino o femenino, de hecho eso nos vuelve locos a los extranjeros”.

La profesora de Ética y Ciencia Política de la Universidad Europea de Madrid, Carolina Meloni González, apunta que gestos como el de la vicepresidenta Calvo son “necesarios” en este momento. ¿Esto supone que a partir de ahora tendremos que hablar de “niños y niñas”, “señores y señoras”, “trabajadores y trabajadoras”… O debemos dar con nominativos neutros que incluyan a todos? Para Meloni, “el género neutro es necesario en muchas ocasiones, y ayuda a simplificar la realidad. Pero precisamente en esa “simplificación” puede producirse una operación de invisibilización de la diversidad que nos constituye. Nada hay de forzado ni de impostado en jurar en calidad de “ministra”, como tampoco hablar de presidenta, doctora, arquitecta, etc. Hace solo unos días hemos tenido un ejemplo muy claro del poder excluyente del género neutro, cuando una empresa de Córdoba ignoró a sus “trabajadoras” en los pagos de los incentivos laborales, argumentando que en su convenio laboral solo se hablaba de “trabajadores”. Caso en el que María Victoria Pavón Lucero –profesora de Lengua Española de la Universidad Carlos III– tiene una opinión clara: “El empresario en cuestión no habría tenido la excusa que ha esgrimido para no pagar a sus empleadas. El masculino es ambiguo: puede referirse solo a varones, o a un grupo de varones y mujeres. Y sobre cómo interpretarlo no hay reglas fijas: depende sobre todo del sentido común, y eso es muy difícil regularlo. Ni siquiera la RAE puede hacerlo”.

Es la línea que, precisamente, marca la Academia respecto al uso del masculino como genérico. Así lo explica el catedrático Ignacio Bosque en su informe “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”: “Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo. Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean (…) No debe olvidarse que los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos”, cierra Bosque.

¿Hay entonces que crear un nuevo género en nuestro lenguaje? “El lenguaje es un organismo vivo, una materia plástica que va transformándose y evolucionando a la par que la sociedad que lo utiliza. De la misma manera que hemos adaptado a nuestra lengua numerosos modismos, palabras, giros provenientes del inglés o del mundo tecnológico, ¿por qué no adaptarlo a una sociedad más inclusiva en cuestiones de género? ¿por qué genera mucho más polémica hablar de “ministras” que utilizar palabras como dron, “hacker” o “coach”, aceptadas ya por la RAE?”, responde Meloni. E incluso va a más: “La lengua y la gramática responden a estructuras de poder, muchas de ellas racistas, sexistas, homófobas. Con la lengua podemos comunicar, describir la realidad, pero, al mismo tiempo, podemos producirla: ejercemos poder, cambiamos la realidad, excluimos, insultamos, estigmatizamos. Por tanto, si la lengua nos transmite una realidad sexista, es absolutamente necesario cambiar esas estructuras que legitiman situaciones de desigualdad”, sentencia. Opinión que refuerza Pavón Lucero por “una cuestión de igualdad, aunque haya quien quiera llevarlo al límite. Si es posible o no decir “portavoza” no lo decide la RAE. Gramaticalmente, no hay nada que lo impida. Habrá que esperar un tiempo para ver si se convierte en un uso común, como “jueza”, “presidenta”, “bedela”; términos que, por cierto, se pueden encontrar en el diccionario de la RAE”, apoya.

Una opinión muy diferente tiene, sin embargo, el profesor Manuel Casado, catedrático de Lengua española de la Universidad de Navarra, quien incluso advierte del “ridículo” en el que podemos acabar cayendo: “¿Quién pregunta “cuántos hijos y/o hijas tienes”?”, se cuestiona. Para Casado la sociedad no está reclamando ningún cambio en relación con el género gramatical. A su juicio éste es un debate artificial generado por “algunos colectivos fuertemente motivados los que quieren problematizar el uso del lenguaje, creando un fuego que ellos mismos, como bomberos, se aprestan a apagar”. Casado sí admite que puede haber “empleos machistas o discriminadores” del lenguaje, pero asegura que “siempre los ha habido”. Y además subraya que “se puede ser un hablante políticamente hipercorrecto y maltratar a la mujer”.

El colectivo feminista sin embargo apuesta por comenzar a cambiar muchos “micromachismos” que aseguran que están en nuestra lengua para así cambiar a la sociedad. Pero “la realidad es terca”, anuncia Casado: “Más bien ocurre al revés, que los cambios sociales se traducen en el lenguaje. Un país pobre, por más que se le llame “en vías de desarrollo” o “emergente”, sigue siendo pobre. E incluso advierte del doble juego de lo “políticamente correcto” y de los “eufemismos”: “Luego está la ingeniería social, el lenguaje de los políticos, que cuando quieren vendernos algo, lo llenan de eufemismos: “muerte digna” en vez de eutanasia, “interrupción del embarazo” en lugar de aborto, y un largo etc. Cuando alguien recurre al eufemismo, es porque intenta vendernos una mercancía averiada. Ojo, pues, con el lenguaje de los políticos; sobre todo cuando se aparta de la lengua corriente de la gente. Tenemos ejemplos escalofriantes en las dictaduras del siglo XX”, afirma el catedrático de Lengua española.

Hay cambios, según este catedrático, que el lenguaje sí puede admitir para “feminizar” nuestra lengua. “De hecho la lengua está permanentemente en cambio: hemos asistido, desde hace ya decenios, a la feminización de gran cantidad de cargos y profesiones, antes desempeñados solo por hombres: decana, ingeniera o catedrática. Es lo lógico. Incluso ahora se prefiere hablar de “enfermeros” y “empleados del hogar”, con el valor inclusivo propio del masculino”. Un problema ante el que Pilar Fernández, profesora de Lengua de la Universidad CEU San Pablo, prefiere dejar en manos de la “naturalidad” del lenguaje y a la propia evolución de éste “porque, como mujer, pienso que, mientras nos empeñemos en estos desdoblamientos e intentemos forzar los términos, significa que algo no funciona en el plano social, que es lo que debería preocuparnos”.