Hablar a la nada

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Arantza Portabales dice que está “en primero de escritura” y se refiere a sí misma como la Cenicienta -“hace tres años estaba comenzando a escribir y ahora estoy en Random House, en Madrid, dando entrevistas”, dice-. En todo caso, la gallega nacida en San Sebastián sabe bien cómo atender a la Prensa: “¡Ahí tienes un titular!”, exclama cada vez que suelta una frase jugosa. Y al hablar de su más reciente novela, “Deje su mensaje después de la señal”, surgen muchas de esas. Portabales entra en todo: el feminismo, los abusos, las expectativas de la sociedad sobre la mujer, la prostitución, la muerte…

En el libro, cuatro mujeres gallegas -y este dato no es gratuito; su procedencia será importante- de distintas edades y clases sociales se empeñan en dejar mensajes en los contestadores de personas que no los pueden escuchar. Según la novela avanza, las historias de cada una se irán encontrando. Portabales se estrenó en la literatura con los microrrelatos, por lo que esta novela de capítulos breves -lo que dura un mensaje de contestador- es casi un regreso a sus orígenes. “Sí, algunos de ellos funcionan de manera autónoma, pero se trata de una novela coral compuesta de pequeños fragmentos. Es la forma en que me siento cómoda escribiendo. Son treinta llamadas de cuatro mujeres, ciento veinte en total, y desde el día en que empecé a escribir sabía cuál era la meta”, asegura.

La semilla de la novela fue, justamente, un cuento breve. “Participo en el blog ‘Esta noche te cuento’ y hace unos años escribí un microrrelato sobre una mujer que habla con su marido sobre el día en que la dejó. Así surgió el primer capítulo. Y entonces se me ocurrió lo bonito que sería hacer una novela basada en mensajes de contestador”. Marina se enfrenta a una separación; Carmela, una mujer de 75 años, a un diagnóstico desesperanzador; Sara, a la confusión que puede ser la vida con 24 años y Viviana, a un pasado que ha definido su presente como prostituta en un club de Madrid.

“La gente ve la verdad que hay en estas mujeres. Suelen decirme que tienen un poco de todas nosotras y, claro, es que todas son un poco yo, que soy un poco todas vosotras”, afirma Portabales. Esa capacidad de despertar la empatía del lector tiene que ver con que su narración se mueve en los límites de lo ordinario: ir al trabajo, coger el metro, hacer running. “La cotidianidad es muy importante para mí, no sé si es falta de imaginación o vagancia (risas). ¿Para qué vamos a hablar de lo que pasa en Bielorrusia si puedo hacerlo de lo que sucede en mi casa? Creo que el lector acepta ese pacto mucho mejor”, confiesa.

La morriña es otra constante en el libro, sobre todo en Viviana, el único personaje que vive fuera de Galicia. “La morriña es un sentimiento universal. Pero es verdad que los gallegos hemos salido mucho y yo, por ejemplo, viví la morriña de mi madre cuando nos instalamos en el país vasco. Creo que la novela respira ‘galleguidad’ por todos lados, sobre todo por un aspecto: es drama y comedia a la vez. Me dicen mucho que en un mismo capítulo eres capaz de reírte y de llorar. Yo contesto que me sale la retranca gallega, ese humor ácido y la capacidad de reírnos de nosotros mismos”, afirma la autora.

Con cuatro personajes femeninos principales y temas como la maternidad, el matrimonio y la prostitución en cada página, no es sorprendente que muchos le pregunten a Portabales si la suya es una novela feminista. “No, no lo es. Es un libro que habla de hombres y de mujeres. No somos ni mejores ni peores, pero está claro que somos distintos”, asegura. Sobre los prejuicios aún presentes en la sociedad con respecto a la mujer -se notan, por ejemplo, en las historias de Carmela, que se casó con un hombre al que no amaba porque no veía otra opción, y Marina, que pierde a su esposo porque se niega a tener hijos-, la autora afirma: “Nos pesan tantas cosas aún. Lo ves en la necesidad de Marina de justificarse por no querer ser madre. Cuando hay tantos tíos que no quieren ser padres y nadie se los cuestiona. Nosotras seguimos siendo bichos raros si no queremos tener hijos”.

Desde que se publicara la novela -primero en gallego, ahora traducida por ella misma al español y pronto a varias lenguas más-, los lectores le han dado mucho “feedback” a Portabales, pero, de todos, quizá el más revelador sea el siguiente: “A Viviana la he colocado en Loira, el pueblo de mis padres. Y mis tíos y algunas personas de allí me dicen: ‘Caray, ¿la puta tenía que ser de Loira?’. Nadie me ha dicho: ‘¿El violador tenía que ser de Loira?’ Me parece durísimo. Eso quiere decir que en la mente del lector es peor ser prostituta que ser violador”. Se refiere al abuso de que es víctima Viviana, uno de los personajes, cuando es una niña. La autora añade: “En el abuso hay juicio. Y lo tenemos en la madre de Viviana. ¿Qué viene después del abuso? El silencio. Y si no hay silencio acabas en un tribunal cuestionándote porque te has hecho una foto en Instagram después de que te han violado. ¿Cuál es el mensaje de la sociedad? ‘Si te abusan, te callas’. Por eso el capítulo en el que abusan de Viviana se llama Silencio”.

El hecho de que sus personajes se confiesan con contestadores y a través de mensajes que nadie escucha tiene que ver también con los prejuicios, explica la escritora: “Qué fácil es hablar a la nada. Porque la nada no te juzga”. Es, también, una señal de la soledad a la que se enfrentan muchas personas: “La gente está en su casa y quiere hablar, pero no tiene con quien. Eso no quiere decir que esté sola físicamente, pero a veces no le podemos decir lo que pensamos al que tenemos al lado”. Asegura también que Sara, la más joven de sus personajes, es la que menos gusta a los lectores: “Porque es joven, rubia, rica y tiene un novio cañón. Pero Sara representa lo que representa la novela: el valor terapéutico de la palabra”.