Sobrevivir a un infarto, al alcance de la mano

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stamos acostumbrados a ver en nuestro entorno algunos aparatos de última generación que mejoran la vida de miles de personas. Conocemos pacientes cardiacos que llevan con soltura su marcapasos, personas con audición reducida que ajustan su audífono para entablar conversación o diabéticos que programan cada mañana los parámetros de su bomba de insulina.

Más sorprendente, sin duda, sería encontrarse a un enfermo en plena crisis cardiaca, quizás en los momentos previos al padecimiento de un infarto, manipulándose a sí mismo el corazón mediante algún mecanismo de infusión de fármacos acomplado a su piel. Una bomba que, en lugar de perfundir insulina, lleve hasta el corazón un chute de productos químicos que regulan el latido.

Pues puede que ese escenario pueda empezar a convertirse en algo más probable tras la presentación en sociedad, ayer, de un nuevo dispositivo que se pega directamente en un corazón dañado y permite el suministro de múltiples medicamentos desde un aparato instalado fuera del cuerpo. El invento pretende ser de utilidad en los momentos críticos que rodean un evento de ataque cardiaco y que suelen conducir a una mayor probabilidad de padecer fallos posteriores.

Después de una crisis de este tipo, comienza una catatara de acontecimientos que conduce al fallo general del corazón si no se le pone remedio. Como consecuencia de ello, si se logra superar el infarto, el tejido cardiaco, reacciona generando una tipología de cicatriz que permanece para siempre en el corazón. En respuesta ese cambio de estructura, la función del corazón se remodela y genera nuevas tensiones que pueden conducir a un nuevo fallo generalizado.

El nuevo dispositivo, llamado Therepi, pretende cortar esta cadena de acontecimientos que llevan desde el primer ataque hasta el fallo cardiaco definitivo. Consiste en un suministrador de fármacos que puede pegarse en la pared dañada de una persona infartada que haya sobrevivido al ataque. Un catéter minúsculo conecta ese suministrador con un puerto externo que puede situarse sobre la piel del paciente o, incluso, bajo ella. Desde allí, el propio usuario o su médico pueden enviar directamente al corazón las terapias oportunas.

Después de una crisis leve, un paciente bien entrenado puede empezar a manipular su dispositivo y reducir considerablemente las probabilidades de que el fallo cardiaco vaya a más.

Hasta el día de hoy, un superviviente de un infarto contaba con dos estrategias para prevenir nuevos ataques derivados de la cicatrización de su tejido cardiaco. Por un lado, en algunos casos, se puede acometer una intervención invasiva que inyecte directamente en el tejido los medicamentos necesarios. Por otro existe la posibilidad de suministrar fármacos de manera generalizada mediante los procedimientos convencionales. La primera estrategia es muy agresiva, la segunda requiere grandes cantidades de producto y suele tener efectos secundarios.

El nuevo sistema Therepi puede ser pegado al corazón en una operación muy sencilla y desde ese momento, reduce considerablemente la cantidad de fármacos necesarios, por lo que el riesgo de toxicidad es mínimo.

El dispositivo está formado de una gelatina biocompatible que funciona como una esponja. Retiene el fármaco que le llega y lo filtra poco a poco a través del tejido cardiaco. En pruebas con ratones de laboratorio, se demostró que este invento es capaz de mejorar la función cardiaca de los animales incluso en los momentos posteriores a un infarto grave.

Therepi podría ser, además, la solución para otras muchas patologías. El aparato se puede programar para tener varios depósitos en paralelo y aportar bajo demanda diferentes cantidades de distintos fármacos. Podría ajustarse a diferentes órganos y serviría para tratar enfermedades multiorgánicas o crónicas. Quizás la farmacopea del futuro no llegue en forma de píldoras o jarabes. Un set de dispositivos implantados en nuestro cuerpo suministrará la terapia adecuada en cada momento a través de finísimos cables debajo de nuestra piel.