El jefe de la Selección baja al césped

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Fernando Hierro no le importaría convertirse en el Zidane de la Selección española. Lo que viene siendo pasar de solución de emergencia a mito de los banquillos. Zizou llegó al del Real Madrid en un momento de crisis y con la incertidumbre de si el experimento funcionaría y lo mismo le pasa al malagueño, que de una hora para otra se convirtió en el hombre que tiene que dirigir a la Roja en el Mundial de Rusia. Su primera conferencia de prensa casi es la de la previa del debut ante Portugal, pero Hierro no es un desconocido para los internacionales ni para todo lo que les rodea. Ha sido director deportivo de la Federación en dos etapas y una pieza clave, desde la sombra, eso sí, de los títulos en la Eurocopa 2008 y el Mundial 2010. Aquellos trofeos los levantó con traje y corbata, en un papel que visto desde fuera no estaba muy bien definido, pero que en el interior era básico para engrasar las relaciones entre el vestuario y los seleccionadores. Él se encargaba de mediar en el día a día para que los futbolistas sólo tuvieran que dedicarse a jugar al fútbol y los técnicos, Luis Aragonés y Del Bosque, pudieran centrarse en entrenar. En una Selección hay mucho trabajo entre convocatoria y convocatoria y ahí también fue importante. Ahora se quita la americana y se pone el chándal para bajar al césped. Reconoce que no hubiera podido rechazar la propuesta, primero porque es apetecible para cualquier entrenador y segundo porque la RFEF es su equipo, como lo fueron primero el Valladolid y después el Real Madrid. En Zorrilla pasó de ser un centrocampista defensivo a central internacional, pero vestido de blanco recorrió también el camino inverso. Era elegante, duro y mucho más llegador de lo que se estilaba en su época. Tanto que en la Liga 1992-93 hizo 21 goles, siete más que Butragueño. Se especializó en asomarse al área contraria y aprovechar la sorpresa para encontrar la portería, además de ser un peligro en las jugadas a balón parado. Disputó 601 partidos con el Real Madrid, convirtiéndose en uno de los capitanes y peso pesado del vestuario. Tiene en su palmarés tres Ligas de Campeones: la deseada Séptima, la Octava y la Novena, que le llegó justo una temporada antes de decir adiós al Bernabéu. Con la Roja fue 89 veces internacional, y disputó los Mundiales de Italia 90 (no jugó), EE UU 94, Francia 98 y Corea y Japón 02. Fue un fijo en la etapa de Clemente, que no confiaba mucho en los futbolistas del Real Madrid, pero sí en Hierro. En su último partido con España ha quedado para la memoria gráfica de los aficionados una fotografía en la que se le ve gritando en la cara de Gamal Al-Ghandour, el árbitro egipcio que «ayudó» a que Corea eliminara a la Selección en la Copa del Mundo de 2002. Si su currículum como futbolista es eterno, con una temporada final en el Bolton junto a Iván Campo antes de colgar las botas, como técnico su experiencia se reduce a una temporada completa en Segunda División con el Real Oviedo. No alcanzó los puestos de ascenso, pero él considera que hizo un buen trabajo. Antes fue ayudante de Ancelotti en el Madrid precisamente en sustitución de Zidane. Después de su paso por el Carlos Tartiere volvió a la Federación, en la que se ha mantenido a pesar del cambio en la presidencia. Siempre fue un hombre de la confianza de Ángel María Villar y había que ver cómo era el «feeling» con Luis Rubiales. De momento siguen juntos y ayer posaron como protagonistas de uno de los momentos más históricos de la Roja. Decía el presidente por la mañana que la sucesión en el banquillo tenía que suponer el menor cambio posible y eso significaba tirar de Fernando Hierro. Un hombre de la casa, que conoce cada despacho de la Ciudad del Fútbol y sabe cómo se cuece una selección campeona del Mundo y de Europa. Ahora él lleva en su mano la pizarra y ya ha dicho que quiere que su equipo juegue bien, es decir, que el estilo, a pesar del tsunami, está a salvo.