007 y el VAR contra el doctor Vlladimir

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El uso, sobre todo el abuso, del deporte como método propagandístico de los regímenes totalitarios es evidente desde los Juegos Olímpicos de Berlín (1936, gracias a la cooperación estelar de la cineasta Leni Riefenstahl), pero se convirtió en un arte desde su desarrollo en los países del bloque comunista, con la Unión Soviética al frente, durante la Guerra Fría. Ahí siguen para ejemplificarlo los atletas cubanos, el anacronismo caribeño cuya última encarnación es el fabuloso saltador de longitud Juan Miguel Echevarría. Temeroso de Dios y de los efectos del polonio, este servidor de ustedes se cuidará mucho de equiparar a ese gobernante escrupulosamente democrático llamado Vladímir Vladimírovich Putin con ningún autócrata, a pesar de su querencia por reverdecer los viejos laureles de la Gran Rusia, fuesen éstos de obediencia zarista o leninista. No, no. Lo que pasa es que el Mundial se celebra desde hoy en un país al que miran con recelo todas las autoridades deportivas del orbe desde cierto problemilla con las sustancias acaecido hace cuatro años.

Diplomáticamente aislado por su hostilidad hacia vecinos como Georgia y Ucrania, Putin quiso asombrar al mundo en los Juegos de Invierno celebrados en Sochi, en los que el rendimiento de los atletas de la delegación fue, efectivamente, asombroso… y también sospechoso. Treinta y una preseas, once de oro, que pusieron a Rusia al frente del medallero al cabo de dieciséis días de exaltación patriótica. La organización del Mundial de 2018 ya estaba atribuida y a las autoridades deportivas internacionales les empezó a chirriar la expresión «por todos los medios» –dicha en el idioma de Tolstoi, claro– que tanto se había escuchado en la villa olímpica. La historia, de sobras conocida, es digna del agente del KGB que fue Putin en su juventud: espías de los servicios secretos que cada noche se colaban en los laboratorios del CIO por unos pasadizos para cambiar las muestras de orina de los medallistas rusos, cargadas hasta las trancas de productos dopantes, por pipí limpio –nunca peor escrito–. Y todavía dice el tío que las sanciones son fruto de un complot.

En el fútbol, por su componente de habilidad y por ser una actividad coral, el dopaje sistematizado no suele ser eficaz. Es verdad que ciertos equipos corren más de la cuenta, pero ninguna ayuda farmacológica sincroniza a cuatro defensas para tirar un fuera de juego o hacen que una falta vaya un centímetro más allá o más acá del poste. La corrupción en el fútbol, que es masiva porque se trata del deporte más masivamente seguido en todo el planeta, está en los arbitrajes, en esos errores de percepción, o no, de tres señores desvalidos en la soledad de un estadio repleto, sin otras armas que un silbato y dos banderines. Ellos son el eslabón más débil de esta gigantesca industria y a ellos se dirigen quienes, como Putin (como los triunviros argentinos hace cuarenta años), abrazan la fe maligna del «como sea». Seguirá habiendo polémica, claro, pero los errores groseros, o no-errores, no desvirtuarán la competición. Un brindis por el VAR, a la salud de tantas selecciones atracadas, por ejemplo al fabuloso equipo de la URSS vapuleado por un árbitro español en el Sánchez Pizjuán.