Un «Lago de los cisnes» magistral

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Los veranos en Madrid a veces son aburridos y tediosos, y en ocasiones resultan gratificantes y atractivos. Si además coincide ahora con que el Consistorio de la Villa está cercando la Gran Vía al tráfico de coches particulares con unas obras locas, en una disparatada y demagógica medida que bloqueará uno de los ejes principales para cruzar Madrid de este a oeste, es al menos una grata compensación, aunque sea pequeña, que el Teatro de la Luz Philips acoja durante tres semanas el fastuoso ballet «El lago de los cisnes».

La inteligente y bella productora Tatiana Solovieva ha conseguido traerse el Ballet Clásico de San Petersburgo, que dirige el reconocido Andrey Batalov, con un elenco de estrellas de primerísimo nivel internacional al objeto de repetir el éxito que ya cosechara el año pasado.

La representación de este gran clásico de Piotr Chaikovski es realmente magnífica, y los 135 minutos de duración, repartidos en dos actos, consiguen pasar prácticamente inadvertidos ante la belleza plástica y puesta en escena de los diferentes cuadros, danzas y representación de los artistas. Ekaterina Bortiakova está realmente sublime en su doble papel de Odette (la hermosa princesa y cisne blanco) y Odile (cisne negro), especialmente en la danza del encantamiento a Sigfrido, en la que Odile lo seduce cuando este cree estar viendo a Odette gracias a las perversas artes del malvado brujo Rothbart, padre de Odile. Andrey Batalov (Sigfrido) está sensacional y su adaptación coreográfica –dentro del clasicismo– es muy buena. Sergey Dotsenko (Rothbart) lució soberbio, al igual que el alegre y saltimbanqui bufón (Stanislav Varankin).

Además, resultan deliciosas las danzas de los cisnes pequeños y grandes, así como los cuadros dedicados a la música napolitana, húngara, polaca y española, que se siente especialmente elevada.

«El lago de los cisnes» es quizá es ballet más afamado en el mundo y todos los grandes artistas, desde los universales como Anna Pálova y Rudolf Nuréyev, han dejado su genial huella en el. Qué lejos de aquel controvertido y agrio estreno en el Bolshói, hace más de 140 años, en el que la música de Chaikovski pasó inadvertida ante la acusación de tener una influencia excesivamente germana, cuando es realmente un cuento de la mejor tradición rusa. Un cuento de hadas en el que, como en los mejores dramas, la lucha entre el bien y el mal se resuelve a favor del primero con la redención por el amor.