Milagros Frías: «El trabajo físico tiene mala prensa»

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Milagros Frías es una mujer callada y observadora. Parece como si anduviera siempre investigando la vida a través de sus grandes ojos fijos, impertérritos. Podría ser de cualquier lugar. Solo cuando habla, sonríe y retira su melena oscura, adornada con mechones blancos, se le nota la procedencia. Es extremeña de nacimiento, pero gallega por parte de marido. Quizá por eso su última aventura literaria, «En el corazón de la lluvia» (Algaida), ganadora de la XI edición del Premio Logroño de Narrativa, se desarrolla en esa Galicia empapada, donde parece que no pueda pasar nada, pero luego los sobresaltos se suceden. El primero no es otro que la reflexión sobre el giro que podría dar cualquiera para abandonar la desasosegante vida de la ciudad e instalarse en el campo. «La vida es muy larga, con pasajes agradables y otros muy desagradables –cuenta Milagros–, y creo que las posibilidades que nos ofrece la época es poder darle ese giro completo, cambiar radicalmente los escenarios y buscar algo que nos llene más. Mi protagonista, que viene de la deshumanización de la ciudad, del trabajo estresante, de las relaciones intensas pero inconclusas, se reencuentra a sí misma en un pueblo pequeño de la Galicia invernal, donde las personas por la mañana se levantan con ganas de vivir y hacen lo posible por ayudar a quienes les rodean».

Esa protagonista, Laura, es el reflejo de muchas mujeres de su tiempo, ya en la cuarentena, con una existencia prácticamente dedicada al trabajo y trufada con historias casi más de entretenimiento que de amor, y una identidad tan difusa que podría ser suya o de otras muchas. No parece un acto de valentía alejarse del escenario de una agobiante capital y de un trabajo que devora el alma, pero lo es: no muchos se atreverían a cambiarlo por la tranquilidad del campo. «La cultura en la que Laura se ha metido, por cuestiones laborales, es la oriental, y es muy críptica. Para los occidentales no es sencillo convivir con unas personas que tienen en el control de las expresiones una facultad casi innata y, en el caso de ella, ayuda a que no encuentre su sitio. Tampoco lo halla porque es una de esas féminas que entablan con más facilidad amistad con los hombres que con las mujeres. Hay un terreno donde la amistad entre un hombre y una mujer no tiene fronteras definidas y el paso para dejarla y meterse en una aventura se da más fácilmente, sobre todo, en un lugar como Shanghái, donde es difícil tener un tejido emocional propio, pues los que viven en él no tienen tiempo de comprometerse».

No parece el mejor escenario para la felicidad, pero una cosa es dejarlo y volverse a casa y, otra, apartarse del mundo y someterse al escrutinio desconfiado de los habitantes de un pueblo pequeño: «En la España rural hay una desconfianza inicial, porque el extraño siempre trae una pátina de misterio, pero es ahí donde Laura va a encontrar a personas que, una vez que confían en la que llega, la ayudan a instalarse».

Una vecindad muy reducida, aunque multicultural, porque hay gallegos que se van, pero gente de todo el mundo que elige el campo gallego para quedarse. «En las contradicciones actuales está que la comunidad gallega exporta mano de obra a un nivel de desangrarse, prácticamente de gente joven, y como contrapartida también es una de las regiones que más emigración recibe. Y en este pueblo, Limia de Lemos, hay jóvenes afines a las inquietudes y expectativas de Laura que han venido de lugares diversos de Europa y que se han quedado a vivir allí porque de repente han encontrado calor en sus vidas. Sienten una afinidad con la recién llegada y también la ayudan, aunque envidien ciertas ventajas suyas al ser española».

Horizonte abierto

Lo que se desdeña en la vida de la ciudad, pero casi parece atractivo en la novela, es el trabajo físico: «Tiene muy mala prensa, pero está en el origen del hombre. En otro tipo de trabajo el fruto se ve efímeramente, y luego se regresa a las oficinas a hacer una tarea repetitiva que un día más tarde será ya pasado. Con el trabajo físico, concretamente trabajar en el campo, se va viendo una progresión que es casi milagrosa. Hay un componente de estar en contacto con la naturaleza que tira del cambio de las estaciones, del trascurso de los días con sus cambios de luz… De plantar la semilla, de estar en contacto con la tierra, de tener un horizonte abierto y poder ponerte un horario que te resulte humano y en el fondo tener esa sensación de utilidad».

La protagonista, además, en este escenario que parece más tranquilo de lo que luego resulta –en la novela hay «thriller» y hasta asesinatos–, va a encontrar por fin el amor. Dos amores incluso: «Si a mí como mujer, no como escritora, me dieran a elegir entre esos dos amores lo tendría muy difícil. Uno es de los que pasa directamente al ADN, permanece en la memoria y deja una herida que nunca cicatriza; el otro es el descanso del guerrero, una relación sin esa línea de finitud que existe en el otro. Una especie de amor cenital…».