Esquivel o el triunfo de la luz

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Pequeña pero ambiciosa», así describe Andrés Úbeda, director adjunto de conservación e investigación del Museo del Prado, la exposición de tres cuadros religiosos de Antonio María Esquivel que se inauguró ayer en la sala 60 del museo. Se trata de un espacio destinado justamente a muestras rotatorias de obras del siglo XIX, que en esta ocasión se dedicará al pintor sevillano hasta enero del año que viene. La exposición es doblemente especial, por un lado, porque en El Prado existe muy poca pintura religiosa de dicho siglo y, por otro, porque los cuadros son prácticamente desconocidos.

Una obra personal

La que ocupa el espacio central de la sala, «La caída de Luzbel», está además muy ligada a la historia personal del artista. Esquivel se quedó ciego en 1839 tras sufrir una larga enfermedad y, aunque más tarde recuperaría la vista, durante esa época se vio tan afectado que intentó quitarse la vida dos veces. Desde el Liceo de Madrid se recaudaron fondos para ayudarle, por lo que, cuando finalmente volvió a ver, pintó en señal de agradecimiento este cuadro, que no se exponía desde 1996. La elección del motivo bíblico es muy elocuente, ya que representa «el triunfo del bien sobre el mal y de la luz sobre las tinieblas. A diferencia de cómo lo retrataron otros artistas, en el de Esquivel el ángel no va armado, le basta la presencia de la luz para derrotar a demonio», como explica Javier Barón, jefe de conservación de pintura del siglo XIX.

«El Salvador» se expone hoy después de un trabajo de recuperación que Úbeda calificó de «un milagro que solo instituciones como El Prado pueden conseguir». La encargada de su recuperación fue Eva Perales, que comentó que la obra «El Salvador» «estuvo depositada desde 1901 en el Museo Provincial de Palma de Mallorca, en el que nunca se expuso. De allí pasó a La Lonja, donde estuvo durante 63 años, pero en el 64 es devuelta al Museo Provincial y es aquí donde por falta de espacio debieron de enrollarla sobre sí misma o sobre un rulo de dimensiones inferiores al lienzo, lo que produjo una serie de alteraciones de la pintura». Además, los bordes del lienzo se habían desgarrado, el marco original desapareció –el museo encargó una copia–, y por un uso excesivo de secativos por parte del artista «se produjo un cuarteamiento que los italianos llaman piel de serpiente y que es irreversible», en palabras de Perales.

Por último, «La Virgen María, el niño Jesús y el Espíritu Santo con ángeles en el fondo» es un ejemplo de la influencia de Murillo en la obra de Esquivel y del estilo particular del artista, que se caracterizó por la atención a la exactitud anatómica (un rasgo también evidente en «El Salvador») y la importancia de los volúmenes. En 1856, este cuadro formó parte de la Exposición Nacional de Bellas Artes junto con una selección de pinturas y retratos suyos.