Hernán Cortés, el espacio que ocupa un hombre

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E l artista gaditano Hernán Cortés (su padre tuvo la idea genial de, con ese apellido, plantarle nombre de conquistador) le gusta referirse a sí mismo como un «especialista en observar y pintar personas» más que como retratista. Eso implica estudiar al hombre desde todos los puntos de vista y ubicarlo en el espacio sin apriorismos: «Se debe aspirar no a ser neutral respecto al retratado pero sí a tomar distancia. Goya era demasiado sesgado, en función de que le cayese bien o mal el personaje. A mí me parecen mejores retratistas los que son más enigmáticos porque juzgar a los seres humanos de manera radical no me parece bueno».

Con esta premisa, y un estilo esencial que concilia distintas enseñanzas del realismo y la abstracción y aspira a revalorizar el retrato en los tiempos de la fotografía, Cortés se ha convertido en el retratista más solicitado de nuestro país. Transitar por la exposición «Cortés. Retrato y estructura», inaugurada en el Espacio Fundación Telefónica, supone cruzarse con el quién es quién del poder político y económico de las últimas décadas en nuestro país: Jesús de Polanco, Francisco Gonzaléz, Felipe González, Severo Ochoa, Norman Foster, Plácido Arango… «Pero yo pinto seres humanos –aclara–. Aunque el personaje a retratar sea una persona pública y muy conocida, mi obligación es representar al ser humano que hay detrás». Y, como cualquier otro retrato, llevarlo al terreno de la pura especulación: «Constantemente se plantea la relación de la figura con el espacio, que es uno de los problemas del ser humano, cómo nos desenvolvemos en el espacio que nos rodea. Eso me ha ayudado a hacer retratos de manera peculiar». Unos cuadros que, para la comisaria Lola Jiménez-Blanco, implica «muchas capas de lecturas» en relación a la historia del arte, desde el Renacimiento hasta la abstracción. E incluso mucho antes de todo eso, a los retratos funerarios de El Fayún (Egipto) del siglo I a.C. «Para Cortés el retrato es una base en el espacio sobre la que se sitúa algo. Alguien que se va a mover un segundo después y se estaba moviendo un segundo antes. Lo concibe como un proceso. Y en ese sentido da igual que sean encargos de personas conocidas. Para él no es un inconveniente, sino un reto para capturar y conocer ese personaje, darle un sentido».

En el minimalismo compositivo apenas tienen cabida guiños a la contemporaneidad o al oficio del retratado. Todo emblema de poder ha sido generalmente despojado y las figuras parecen alojadas en el espacio vacío con asideros a veces muy sutiles, como una simple raya horizontal o vertical. Esta retrospectiva, que presenta además de numerosos retratos en acrílico o lápiz y carboncillo, paisajes de la bahía de Cádiz, bocetos y fotografías, aspira a conectar el particular estilo de Cortés con su formación y los paisajes de su vida. «Con 16 años decidí ser pintor y pintaba el paisaje de mi entorno –explica el creador–; esa sensación de grandeza de sentirme en medio de la bahía, con la inmensidad del mar, me acompaña desde entonces y se manifiesta seguramente en la utilización del espacio en mis retratos».

Los caminos del realismo

¿Cuánto hay de realismo madrileño en este gaditano del 53? «Hay vínculos con la obra de Antonio López –explica Lola Jiménez-Blanco–. Tiene admiración por él, pero les separan las referencias y las cosas que buscan. López pasó por una fase de realismo mágico que no caracteriza la obra de Cortés. En algunas cosas sí han coincidido y lo admira, por supuesto». Ambos han sido retratistas reales. López por encargo de los Reyes ahora eméritos y Cortés de los nuevos. Desde el ascenso al trono de Felipe VI no han parado de llegarle encargos de instituciones para renovar los retratos oficiales. Su serie de los padres de la Constitución para el Congreso es, además, la más emblemática en su género.