“Sentías como si fuera un ataque terrorista, con fuego por todas partes”

Objetivo Digital recoge los testimonios de Juancho y David, un gallego y un madrileño que vivieron de primera mano la tragedia de Galicia.

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Juacho tiene 30 años, reside en el centro de Vigo, cerca de la Plaza de España, y vivió con “caos e incertidumbre” en los primeros momentos, y con “impotencia y rabia” después, los 53 incendios que han arrasado Galicia en los últimos días. “Sentías como si fuera un ataque terrorista, con fuego por todas partes y sin sensación de seguridad, ni siquiera en la ciudad”, relata este joven que ensalzó la “solidaridad” ciudadana ante terrible ataque. “La gente salía a la calle con cubos de agua, otros tiraban mangueras y todos echábamos una mano, porque no te podías quedar en casa, tenías que salir y ayudar”, relata.

Su domingo arrancó con una capa de humo que cubría el cielo. “Me fui a comer con mis padres, y aquello seguía e iba a peor, porque veías que las llamas no estaban en un único punto, sino que estaban por todos lados, y te das cuenta que esta tragedia había sido planeada e intencionada”, explica para Objetivo Digital. En aquella jornada, que siempre mantendrá en memoria, el teléfono móvil fue testigo de un sinfín de mensajes e intercambio de vídeos y fotografías, de noticias. “También hubo muchos bulos, como personas que decían haber visto a unos chicos con bidones de gasolina”, añade.

Y tampoco olvidará su viaje hasta una casa familiar cerca de Bayona. “Sabía que iba a ser complicado llegar, pero lo conseguí, y cuando llegué era el apocalipsis, no se veía nada y caían motas negras y cenizas”, confirma.

DE VUELTA A MADRID
También fue una jornada complicada para David, un madrileño que se desplazó hasta Vigo para disfrutar del puente del 12 de octubre. “La mañana del domingo parecía la de un día nublado, aunque habían dado sol, y había un bochorno extraño, un calor raro, te picaban los ojos y la garganta”, dice. Por la tarde, horas antes de emprender su vuelta a Madrid, caminó por la calle Urtaiz. “No veíamos el mar, tampoco la ría, porque todo era una niebla negra y espesa”, dice.

Tuvo que retrasar su viaje, cortaron la A-52, pero llegó a su destino alrededor de las 13 horas del lunes. En la maleta trajo “pena e impotencia”.

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