El enroque del conflicto catalán

Ayer Puigdemont estuvo dispuesto a convocar elecciones autonómicas, pero finalmente dio marcha atrás y sigue el camino de la DUI

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En la mañana de ayer muchos respiraron aliviados cuando desde la Generalitat de Catalunya llegaban noticias de que el presidente de la Comunidad, Carles Puigdemont estaba dispuesto a convocar elecciones para evitar la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución que supondrá la intervención de las instituciones catalanas por parte del Estado.

Se anunció que el president haría pública su decisión en una comparecencia pública a las 13:30 horas y todas las tertulias televisivas y radiofónicas debatían sobre la nueva perspectiva de la política catalana.

Pero todo el mundo comenzó a expresar dudas de lo que podría pasar cuando esa comparecencia se retrasaba a las 14:30 horas. Nadie sabía muy bien lo que pasaba. Los estudiantes universitarios catalanes, que ayer celebraban una huelga general en favor de la independencia, se trasladaron a las puertas del Palacio de la Generalitat para expresar su desacuerdo con la decisión del president y muchos comenzaban a no fiarse de Puigdemont al que llegaron llamar ‘traidor’.

Lo que pasó es que el acuerdo estaba cerrado con la convocatoria de elecciones autonómicas catalanas y el compromiso del Gobierno de aprobar el 155 en el Senado pero no aplicarlo. Incluso se llegó a filtrar que ante la posible campaña electoral, el Gobierno de España renunciaba a tomar el control de los medios de comunicación públicos de Cataluña. Habían ejercido como mediadores el presidente vasco Urkullu, el socialista Miquel Iceta, y personas cercanas al Gobierno catalán y de España.

Pero la comparecencia de Puigdemont tampoco llegó a las 14:30. Un nuevo retraso del presidente, que convocó a todas a las 17:00 horas, hacía presagiar lo peor. No se sabe muy bien si fue por las presiones de ERC y de la calle o por el miedo a este acuerdo que podría ser tomado como una ‘traición’, pero finalmente Puigdemont se retractó sobre la posibilidad de convocar elecciones.

A las 17:00 horas Puigdemont afirmó que no se cumplían las condiciones necesarias para la convocatoria de esos comicios y emplazaba al Parlament catalán la decisión de respuesta de las instituciones catalanas a la propuesta del Gobierno de España en su intención de aplicar el artículo 155 de la Constitución.

Algunas fuentes apuntan a que desde Cataluña también se pedía la puesta en libertad de los líderes de ANC y de Omnium que se encuentran en prisión provisional acusados por sedición; también se pedía la retirada de la Policía Nacional y de la Guardia Civil del territorio catalán; y querían muestras de que el Gobierno cumpliría su compromiso con respecto al 155. El Gobierno no podía aceptar esas condiciones porque afirman que era poco menos que un chantaje y no moví o ficha.

Por tanto, se perdió una oportunidad de oro de emprender un camino que lleve a España a salir del atolladero en el que se encuentra. El problema catalán, de esta manera, se enroca, y esperan tiempos difíciles para la democracia española.

Hoy el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, interviene en el Senado, donde el PP tiene mayoría absoluta, para pedir la autorización necesaria para aplicar el artículo 155. Rajoy ya anunciado que sus primeras medidas serán destituir al presidente catalán y a todo el Gobierno de la Generalitat. El objetivo es llegar a unas elecciones autonómicas tan pronto sea posible.

Desde las filas del independentismo, a pesar de que cada vez surgen más diferencias como demuestra la dimisión ayer mismo del Conseller de Empresa, se pretende seguir con su hoja de ruta. Nadie sabe si el parlament declarará hoy la independencia, aunque es una posibilidad.

En unas semanas podríamos encontrarnos con un doble Gobierno en Cataluña, el legal y democrático que nombre el Gobierno de la Nación en virtud al artículo 155; y el Gobierno o la asamblea ‘constituyente’ que quieren instaurar los independentistas.

Esto es lo peor que podría pasar porque dejaran en manos de los ciudadanos catalanes la decisión de elegir cual de los dos es el poder legítimo, con la fractura social que eso puede suponer en la sociedad y en las calles de Cataluña.

Aún hay tiempo para la cordura, pero cada vez quedan menos esperanzas de encontrar políticos cuerdos entre el independentismo catalán.

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