Macron siempre gana

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Si existe alguien que ha celebrado el acuerdo de gran coalición entre Angela Merkel y el SPD, ése ha sido Emmanuel Macron, que ya sabe que tendrá de compañero de eje francoalemán al gobierno más europeísta de todos los posibles en Berlín. El presidente francés, que veía con recelo las anteriores negociaciones de Merkel con los liberales, más opuestos a su concepto de Europa, no sólo admite que el actual pacto alemán beneficia al proyecto europeo sino también al suyo propio. Y eso se ha visto en las últimas semanas, ya que Macron ha tenido mucho de artífice entre bambalinas. Habló varias veces con ambas partes para acercar posturas, especialmente con Martin Schulz, con quien comparte las líneas básicas sobre la eurozona. A Merkel, más partidaria de conservar el estatu quo, no le quedaba otra que aceptar algunas de ellas como un presupuesto para la eurozona con un superministro que lo gestionara. Los detalles todavía no se conocen, pero Macron, una vez más, se ha salido con la suya.

El pacto alemán es por tanto una nueva victoria personal para quien tan sólo lleva medio año en El Elíseo. La propuesta del líder francés para una mayor integración europea, formulada en un épico discurso en la Sorbona el pasado mes de septiembre, se encontraba en el congelador, a la espera de que Berlín tuviese un gobierno con el que cooperar ya que Francia sola carece de fuerza, por mucho que Macron sobredimensione la posición de liderazgo de la sexta economía del mundo. Como si de uno de los renglones del texto de Macron en la Sorbona se tratara, uno de los epígrafes del acuerdo de Gran Coalición lleva el pomposo título de «Un nuevo amanecer para Europa», muy en la órbita del chico de oro de la política europea.

Dijo en una ocasión el general De Gaulle que Francia no podía ser Francia sin su grandeza. De ahí que pensara que en el juego de tensiones de la Guerra Fría entre la URSS y EE UU, Francia pudiese ocupar una tercera plaza cuya posición política coincidiese con la geográfica entre los dos bloques. Casi 50 años después, y tras una larga crisis que ha puesto en evidencia las raíces e identidad europeas, Macron se ha transformado en una especie de De Gaulle del siglo XXI. Que el joven presidente se ha marcado por objetivo liderar a una Francia fuerte en una Europa unida ya no es secreto para nadie, porque sólo desde la plataforma continental puede aspirar a catapultar su voz junto a las de Washington o Pekín. Su receta para lograrlo está siendo revelada, a buen ritmo, en su breve mandato: multilateralismo, europeísmo y diplomacia de guante blanco pero con verbo directo frente a interlocutores como Trump o Putin.

«Macron se ha encontrado con un vacío tanto internacional como europeo y ha sabido cómo aprovecharlo para potenciar la imagen exterior de Francia», señala para LA RAZON Jean-Jaques Kourliandsky, investigador en el Instituto de relaciones internacionales y estratégicas de París. Una tesis compartida por varias voces conocedoras de la escena internacional de la exigua oposición parlamentaria que tiene el presidente francés. Es el caso del exdiputado de Los Verdes Sergio Coronado, que subraya el «contexto oportuno» en el que Macron ha podido asumir ese liderazgo. La lectura que se hace desde la mayoría parlamentaria presidencial se centra más bien en la «determinación y al mismo tiempo conciliación en las posturas de diálogo» del mandatario. Con estas palabras lo señala a este diario el diputado Mickael Nogal, una de las caras más jóvenes del equipo de Macron.

«Francia es una potencia media elevada por Macron por encima de su peso real», estima el investigador Jean-Jaques Kourliandsky, que apunta directamente el gran acierto de Macron: «La nueva coyuntura internacional ofrece a Francia la posibilidad, apoyándose también en las amenazas que suponen los grupos armados islamistas, de movilizar sus capacidades económicas, diplomáticas y militares. Lo entendió Macron, que multiplicó desde su toma de poder las iniciativas en busca de soluciones pactadas a problemas no resueltos en Europa, el Mediterráneo y en África. Para jugar este papel de puente, se presenta como artesano de un multilateralismo que se esfuerza en hablar con todos los actores importantes, sin ostracismo, y sin esconder sus compromisos», explica. La pregunta, dice el investigador, es por cuánto tiempo podrá aprovechar esta coyuntura.

De momento Macron despliega todas sus herramientas de seducción en el exterior. Fue el caso de su visita a China de la semana pasada. El jefe de Estado galo quería presentarse como un interlocutor clave para Pekín en tiempos inciertos en los que Londres se prepara para abandonar la UE y Washington se ha vuelto impredecible. Con Xi Jinping, habló del multilateralismo que tanto defiende el líder chino y expuso en bucle todos los atractivos de la economía francesa en sectores como la alimentación o el lujo, tan apreciados por los consumidores asiáticos.

Sus opositores han tenido en la crítica a sus aires de monarca el único argumento para hacer leña estos meses. El presidente, mientras tanto, parece deleitarse en las hechuras de un sistema creado por De Gaulle. Como si estuviese a otro nivel y dedicándose a proyectarse en el exterior. Ahora, Macron ya tiene de nuevo pareja de baile en una Europa que parece salir del compás de espera.

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