China se defiende de las principales tecnológicas con su gran muralla cibernética

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Nada más poner un pie en China, el viajero despistado que no se haya instalado en su teléfono o su ordenador una VPN –una red privada virtual que permite conectarse a internet sorteando la censura–, verá que tres cuartas partes de las aplicaciones de su móvil no funcionan. Tras un momento de desconcierto pensando cómo subir fotos a sus redes sociales, ubicarse en el mapa o contactar con sus familiares y amigos, el siguiente paso será utilizar el teléfono a la antigua usanza y hacer una llamada a sus allegados para decirles que el viaje ha ido bien.

Esto no significa que en China no funcione internet, sino todo lo contrario. Funciona igual o mejor que en algunos países de Occidente, aunque siempre dentro de los límites que el Gran Dragón decida estipular. Por eso, Gmail, Instagram, Facebook o Twitter no cargan y otras herramientas como Whatsapp funcionan dependiendo de cómo esté el humor de los censores chinos ese día. Para todas estas aplicaciones, vástagos de las grandes compañías tecnológicas mundiales, el gigante asiático continúa siendo la gran asignatura pendiente. Pese a que Google, Facebook o Amazon no han cejado en su empeño por entrar en el mercado de internet más grande del mundo –con 700 millones de usuarios–, las autoridades les han cerrado la puerta una y otra vez.

Las razones son obvias. Ninguna de ellas cumple la legislación del país comunista como lo hacen sus réplicas chinas, que comparten todos los datos con el Gobierno y permiten que la censura intervenga en sus contenidos. Tampoco han conseguido captar el interés de una población habituada a desenvolverse con alternativas nacionales. Allí, WeChat es Facebook, WhatsApp e Instagram a la vez; Baidu es Google; Alipay es Paypal; o Youku es Youtube. Y, por último, hay que tener en cuenta que el sector tecnológico chino está en pleno proceso de eclosión. Severine Arsene, experta en Internet y Ciberseguridad en China del Instituto Asia Global, considera que una de las claves del ascenso de Pekín en este sector es el hecho de que Google, Facebook o Instagram fueran bloqueados «por ser muy sensibles políticamente» y eso empujara a China a buscar alternativas locales e impulsar su mercado nacional. Hace ya tiempo que las tecnológicas adelantaron a petrolíferas y bancos, y pasaron a ser las más cotizadas en los mercados internacionales. Apple, Google, Facebook, Microsoft y Amazon –valoradas en más de 400.000 millones de dólares cada una– conformaron un selecto club que, ante el acelerado ritmo de la tecnología china, tuvo que hacer hueco a dos nuevos miembros procedentes del país asiático: Tencent y Alibaba. Ambas firmas subieron como la espuma hasta incluirse dentro de las empresas públicas con mayor valor en el mundo.

Mientras el sector tecnológico creció de media en 2017 un 42%, en China triplicó esa cifra. Empresas como Xiaomi han situado sus aparatos a la altura de los de Apple y, en España, Huawei ocupa el segundo puesto en ventas de teléfonos móviles. Estos avances, junto al ascenso de las firmas chinas, que cuentan con el doble de usuarios en línea que el total de la población de EE UU, son el claro ejemplo del giro de la influencia tecnológica a nivel mundial. Si bien antes París o Seúl se perfilaban como el nuevo Sillicon Valley, ahora muchos apuntan a que China se ha convertido en el verdadero rival. Los datos más recientes señalan que Tencent –propietaria de la aplicación de mensajería WeChat– cuenta con más de 1.000 millones de usuarios mensuales. Mientras, Alibaba ya cuenta con más de 500 millones de usuarios activos al mes en sus aplicaciones.

Así como Dwight Eisenhower financió el ascenso de Silicon Valley, en China, Pekín es el mecenas que subsidia a las empresas creando un sector digital cada vez más auto suficiente y con un gran potencial tecnológico. Ésa es la razón por la que el país se ha hecho menos vulnerable a las interrupciones en la cadena de suministro global. De surgir una guerra comercial global, la nación china podría seguir adelante.

Ése es, precisamente, otro de los campos en los que los investigadores chinos están inmersos. «El que se convierta en el líder de la IA, se convertirá en el gobernante del mundo», declaró recientemente el presidente de Rusia, Vladimir Putin, justo después de que China anunciara su objetivo estratégico de superar a EE UU para 2030. Ambiciones que parecen verosímiles teniendo en cuenta que el 40% del comercio electrónico global se lleva a cabo dentro de China, principalmente a través de Alibaba, Tencent y Baidu. Sin embargo, para comprender mejor cómo Pekín se ha posicionado por delante de otros países pioneros en la cuestión, hay que acercarse a cómo entiende internet. En la Conferencia Mundial de Internet 2017 (WIC), que se celebró el pasado noviembre en Wuzhen, el presidente Xi Jinping defendió la «cibersoberanía», un concepto que promueve una red en la que el gobierno controla, censura y administra qué queda dentro o fuera de la conocida como la «Gran Muralla Cibernética». En China, internet «es un instrumento de gobernanza con aspectos positivos y negativos. Es una oportunidad para modernizar y proveer mejores oportunidades económicas para el desarrollo, pero al mismo tiempo sirve como instrumento para recoger datos sobre la población», afirmó Arsene.

En esa dirección, el país ha implementado una ley de ciberseguridad que ha provocado la ira de las empresas de tecnología en todo el mundo. Con ella, Pekín obliga a diferentes firmas locales y extranjeras a cooperar en las investigaciones policiales y proteger la llamada «infraestructura de información crítica». China establece cada vez mayores trabas al jugoso mercado chino, que cuenta con el 20% de los usuarios mundiales de internet. Los intentos por persuadir a las autoridades chinas por parte de Mark Zuckerbeg no han logrado los resultados deseados. Ni hablar mandarín, ni promocionar un libro del presidente Xi, le funcionaron. Tampoco Google, que en 2006 sucumbió a los deseos de Pekín con tal de instalarse en el país, logró mantenerse y, tras negarse en 2010 a aceptar las condiciones de censura, el gobierno chino dejó de permitir su actividad. Eso sí, pese a que ambas compañías no han logrado entrar con sus principales servicios, sí lo han hecho a través de otras ramas, algo que indica que cualquier cosa puede ocurrir en una u otra dirección.

La cuestión es si el viajero podrá algún día abrir su cuenta de Facebook en un lugar en el que cualquier pequeño intento de salirse de la norma en la red es reprimido con mano dura. O si podrá evitar la censura usando una VPN, algo que se pondrá más difícil a partir del 1 de febrero, cuando entre en vigor la obligación para empresas de contratar este tipo de redes con los proveedores del Gobierno, algo que hará que «China tenga acceso directo a todos los datos».


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