Los años salvajes de Tom Waits

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Esta historia es el comienzo de una historia, los primero años de la carrera de uno de los grandes genios de la música popular. Todo empieza al inicio de la década de los 70, cuando la escena de Los Ángeles era un hervidero. Atrás había quedado el verano de las flores y Woodstock. Con el final de los maravillosos e idealistas años 60 se había acabado aquello de la colectividad y el mundo mejor para dar paso al individualismo. En la sociedad y en la música. La explosión de cantautores no era, pues, nada casual y a la capital californiana pronto llegaría un hombre singular de nombre, Thomas Alan Waits. Es el comienzo de la leyenda, el nacimiento artístico de un hombre que arribó para transgredir las reglas de la música contemporánea y convertirse finalmente en lo que es ahora: una leyenda en vida.

Después de largas peleas judiciales, Waits acaba de hacerse con los derechos de su época de Asylum, la que engloba los siete primeros discos, que se reeditarán el 7 de marzo en vinilo y las plataformas digitales, mientras el 23 estarán en las tiendas los CDs. Es tiempo, pues, de revisar una época gloriosa de la que el propio cantante renegó durante largos años. Quizá la recuperación del control artístico de aquellos años la haga renovar su interés. Lo merece, desde luego.

De padres divorciados y con una adolescencia ya viajera, Waits conoció a comienzos de 1970 al manager Herb Cohen, quien llevaba, entre otros, a Frank Zappa y así comenzó la aventura. Waits había sido camarero, repartidor de pizzas, portero de discoteca y, por supuesto, escritor de canciones. Su vida profesional le había concedido la oportunidad de observar la vida nocturna, de conocer la conducta humana en situaciones límite y de desarrollar su profundo romanticismo. Escribía lo que vivía. Y sí, esa era la diferencia entre Waits y las decenas de cantautores de California: él tenía una visión diferente, una forma de escribir y de actuar muy diferente. Era Lenny Bruce, Bob Dylan, Dean Martin, Jack Kerouac y Louis Armstrong al mismo tiempo.

Pero muy pocos se dieron cuenta al principio de lo que había ahí­. Por entonces, lo que se llevaba eran tipos como Jackson Browne, Stephen Stills, James Taylor y todo aquello. Waits no era de esos. No era de nadie, más bien. Desde que encontró a Cohen hasta que publicó su primer disco pasaron tres largos años. Mucho tiempo, pero el suficiente para que Waits madurara su estilo poco a poco.

De forma clandestina

Asylum lo fichó porque entonces su propietario, David Geffen, firmaba a todo aquello que oliera a cantautor. Pero Waits no era un hippy. Para cuando entró en el estudio tenía más de 30 canciones asombrosas, pero la realidad es que no tenía del todo claro cómo grabarlas. Los productores tampoco se entendían demasiado bien con él. Y su primer álbum, «Closing Time», salió casi de forma clandestina. El típico primer disco, una mezcla de estilos algo inconexa, pero siempre con el distintivo del talento. Cada pieza tenía algo. Canciones como «Old ’55» , «Fall in love with you» o «Martha» son las que permanecieron hasta hoy en la memoria de los melómanos, pero en perspectiva por encima se situaban piezas como «Ice Cream Man» o especialmente «Grapefuit Moon», canciones que le ayudarían a definir lo que luego sería el estilo del primer Waits.

Comenzaron entonces los conciertos y las giras, muchas veces tocando en locales infectos. Se presentaba él solo, vestido como cualquier poeta de su querida generación beat, y ya entonces se veía lo especial que era. Intercalaba soberbias canciones con monólogos desternillantes, con un sentido del humor realmente único y una forma de interpretar realmente expresiva.

Su siguiente álbum fue «The Heart of Saturday Night», de 1974, una obra maestra sin discusión. A Waits nunca le gustaron demasiado esos arreglos con violines, pero el resultado del álbum es simplemente asombroso, un disco ya de personalidad arrolladora. Cada canción resulta una rotunda pieza de arte. «Nunca vi mi hogar hasta que estuve fuera demasiado tiempo / Nunca escuché la melodía hasta que necesité la canción», cantaba en la melancólica «San Diego Serenade».

Para entonces, Waits ya había creado un personaje que interpretaba a las mil maravillas en escena, el del borracho romántico y simpático. Pero quedarse en eso era únicamente rascar la superficie. Probablemente bebía mucho, aunque seguramente bastante menos de lo que decía o se creía. En cualquier caso, no había merma de la creatividad. Y el siguiente paso fue el menos previsto: grabar un disco doble en directo, pero en estudio, con canciones nuevas. Se llamó «Nighthawks at the Dinner». Waits hizo instalar una barra de bar, mesas y sillas en el Record Plant de Los Angeles. Llamó a sus colegas y las cervezas corrieron. Un disco único con una banda sensacional y una voz para cantar de verdad. Naturalmente, pocos hicieron caso al disco salvo los habituales. Waits comenzaba a acusar los excesos y en muy poco tiempo su voz pasó de ser agua de manantial a barro de río. «Small Change», de 1976, fue el testimonio de esa época aguardentosa, con el artista proponiendo austeridad en contraste con los preciosos arreglos de cuerda. Es el disco de «Tom Traubert’s Blues» y poco más queda por añadir. «Tengo el hígado enfermo y el corazón roto», cantaba. Un perfecto resumen del álbum. El disco sí llamó más la atención de crítica y público, mientras Waits continuaba creciendo como artista en directo. Siempre elegía músicos tremendos y él era un huracán en escena. Ofrecía un espectáculo absolutamente diferente a todo lo que se hacía dentro de una época consagrada a lo excesivo y el rock de estadios.

«Foreign Affair» fue la continuación de «Small Change» mientras continuaba su perfeccionamiento como letrista. Un disco sin concesiones y con textos larguísimos. Por ejemplo, «Burma Shave», una película de diez minutos que en directo se convertía en una obra sublime. Waits cogía la música del «Summertime» de Gershwin y recitaba como un rey la historia de fugitivos suicidas. «Dicen que los sueños crecen salvajes a este lado de Burma Shave», finalizaba. La canción que daba título al disco incluiría unos versos que resumirían muy bien el sentido artístico del músico: «La obsesión está en la caza / No en la captura».

El siguiente trabajo sí fue un claro paso adelante en lo estilístico y anunció lo que vendría luego, ya de forma más transgresora, con trabajos como «Swordfishtrombone» o «Rain Dogs». De 1978 es «Blue Valentine», con dos obras de arte en las imágenes portada y contraportada. En ésta última aparecía junto a su novia de entonces, Rickie Lee Jones. Una pareja que arrasaba Los Ángeles en cada salida nocturna. El piano ya no es el instrumento dominante y aquí aparecen unas guitarras afiladas como si fueran navajas. Hay música negra, mucho rythm ‘n’blues, aunque Waits también encuentra espacio para sus baladas de siempre junto a su piano. Por ejemplo, «Christmas Card from a Hooker in Minneapolis», probablemente la canción más triste jamás escrita. En esta época realizó su primera aparición en el cine en la película «Paradise Alley», traducida en España como «La cocina del infierno» (dirigida y protagonizada por el propio Silvester Stallone), y contribuyó con la deliciosa canción «Annie’s back in town» y el tema que da nombre a la propia película. Aquel disco dio origen a una de las giras más brutales que jamás se hayan visto dentro del mundo de la música, aunque pocos se enteraron de ella.

Con guitarras y sin piano

No se puede decir que para entonces nuestro protagonista fuera una estrella, ni mucho menos, aunque sí era un hombre muybastante considerado en ciertos circuitos artísticos. «Heartattack and Vine», de 1980, sería su último trabajo para Asylum, un disco con muchas guitarras y prácticamente ya sin una sola nota de piano. Al frente, una voz para cada canción. «Dejaré atrás toda la ropa / Que llevé estando contigo / Lo único que necesito son mis botas de ferrocarril / Y mi chaqueta de cuero», cantaba en la dramática «Ruby’s Arms», unas letras que decían bastante del momento por el que estaba pasando. En perspectiva, también se podría decir que esas palabras de adiós significaban al mismo tiempo la despedida de una época. Tanto en lo personal como en lo profesional.

Pronto se desengancharía de muchos vicios, bastantes, quizá, trabajaría con Francis Ford Coppola (en «One from the Heart», tradicida en españa como «Corazonada»), conocería a una mujer llamada Kathleen Brennan, crearía un hogar y proseguiría con su búsqueda estilística que desembocaría en obras maestras como «Rain Dogs» o «Mule Variations». Pero esa es otra historia. La que aquí hemos contado es la de la forja de una leyenda, siete discos maravillosos que ahora el propio artista recupera en todo su esplendor. Fueron los años salvajes de Waits, álbumes que todavía hoy mantienen el profundo lirismo con el que nacieron. Pequeñas historias escritas y cantadas por una leyenda en vida