Sorolla entre costuras

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Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) como narrador de un cuento europeo de finales del siglo XIX que viaja a través de los rostros y las ropas de las mujeres que dibujó. Así presenta Eloy Martínez de la Pera la exposición que comisaría a dos bandas, entre el Museo Thyssen y el Sorolla, «Sorolla y la moda». Más de 70 cuadros del pintor que se unen con 60 vestidos, blusas, trajes y otros objetos de la época –traídos de instituciones nacionales y extranjeras y de colecciones privadas– para crear un «juego de espejos», en palabras de Guillermo Solana –director artístico del Thyssen–, con el que demostrar que el artista no tiene un único lado castizo, «sino que era un hombre de mundo y estaba al tanto de la moda, que le sirve para ofrecer una imagen de radical actualidad. El cuadro se convierte en una especie de túnel del tiempo», completó en la mañana de ayer.

Un trabajo que ha costado tres años y medio y que ha descubierto a Martínez de la Pera un Sorolla muy cercano a sus orígenes, esos que le llevaron a nacer en el seno de una familia humilde dedicada a la venta de tejidos: «Conocía perfectamente los aspectos de la moda de su época. Retratista de la alta sociedad burguesa del momento, en su obra se puede leer una crónica de la elegancia y de los usos de la moda en todo su esplendor desde 1890 a 1920», apunta el comisario. Así se podía ver en las cartas que enviaba a su mujer, Clotilde, protagonista absoluta de las pinturas de la muestra. El paso de Sorolla por Washington, Nueva York y el «nuevo» París le obligaban a detallar las últimas tendencias a su esposa. Cuando no le hacía de «personal shopper», «y ella encantada de fiarse de su marido –puntualiza Martínez de la Pera–. Cuando vean las cartas que se enviaban todos van a querer amar como Sorolla amaba a Clotilde».

Amar a la mujer

Pero la exposición no es solo moda y Sorolla, según su comisario, el proyecto ha trascendido más allá: «Sus cuadros no reflejan únicamente su modernidad y la magnificencia de los retratos, sino que hablan del cambio de papel de la mujer en la sociedad. Es el tiempo de las sufragistas, de la apertura de los grandes almacenes, cuando la mujer se empieza a vestir para sí misma y no solo para su marido. Quiero que se vea el orgullo de un momento histórico en el que se empezó a amar a la mujer, y Sorolla fue el que más». Así, los recorridos de los museos se van moviendo del pintor íntimo, donde se recogen trajes y retratos de Clotilde y de Elena, su hija; al retrato de una alta sociedad que reclama sus trazos; al elegante veraneo de las playas de Zarautz o Biarritz; y a la modernidad de un París inundado de cafés, teatros y paseos urbanos, en el caso de Thyssen. En cuanto al museo que lleva el nombre del pintor, también son cuatro los escenarios que se presentan: «Una casa a la moda», con objetos de los Sorolla; más encargos de la «socialité»; Clotilde y Elena en su versión más «glamourosa»; y «Un Fortuny escondido», donde el comedor familiar se convierte en la pasarela del Delfos del diseñador.

Trabajo conjunto que, sin embargo, no unifica la exposición en una entrada, sino en dos, y que Evelio Acevedo –director gerente del Thyssen– justificaba con la «imposibilidad de llegar a un acuerdo». Algo que incomoda, pero que, para Martínez de la Pera, no impide disfrutar de un Sorolla que «cambió un mundo que, gracias a su pintura, lo hizo más bello».