Los plagios de Shakespeare

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Un informático aficionado y singular y una estudiosa literaria, Dennis McCarthy y June Schlueter. Una extraña pareja. Un equipo insensato e intrépido, también brillante, para poner boca abajo el canon y anunciar el mayor descubrimiento relacionado con William Shakespeare de las últimas décadas. El hallazgo de una fuente hasta ahora desconocida. El libro «A brief discourse of the rebellion and rebels». Obra de un tal George North. Que habría nutrido de forma sustancial no menos de 11 obras del dramaturgo inglés. Hablamos de repeticiones de palabras imposibles de asumir si no es mediante la reproducción consciente. De trasvases de ideas. De préstamos ideológicos y de estilo que van del rarísimo y misterioso texto firmado por North a algunas de las obras más veneradas e influyentes de la historia de la humanidad.

North, contemporáneo de Shakespeare y, dicen, embajador en Suecia, era primo de Thomas North, reputado traductor al inglés de las «Vidas paralelas» de Plutarco, tan presentes en varias obras de Shakespeare. Se trata, en fin, de un político e intelectual cercano al hombre del que sí sabíamos que había contribuido a enriquecer los textos de Shakespeare. Por ejemplo en «Antonio y Cleopatra» y en «Julio César». Pero asombra que nadie hubiera citado el texto de George. Olvidado de todos. E inédito durante siglos. Que fuera posible que pasara desapercibido en un mundo tan insistente y laborioso, y tan volcado a masticar, analizar, desbrozar y deglutir cada palabra y cada pista, cada influencia y homenaje, como el de los estudios shakesperianos.

Para encontrar los paralelismos McCarthy usó un software bastante popular en los departamentos universitarios, WCopyfind. Lo utilizan los profesores que salen a cazar plagios en los trabajos de sus estudiantes. Cuando creyó tener suficientes pruebas, y los que saben del asunto afirman que acumula una montaña, acudió a Schlueter, profesora emérita de inglés en el Lafayette College en Pensilvania y fundadora de la revista «Shakespeare Bulletin». Estupefacta por el rigor matemático de las catas y la solidez del caso desde el punto de vista de la literatura comparada, Schlueter propuso publicar juntos el «A brief discourse of the rebellion and rebels» de North con profusión de notas y observaciones. Había que explicar mejor los trasvases entre el oscuro diplomático y el genio. Sin olvidar que, a la luz de sus investigaciones, y aunque Shakespeare toma elementos de forma literal, no estamos ante un caso de plagio en el sentido más vulgar.

Sí, hay reflexiones de North e imágenes literarias que van de su opúsculo a los diálogos y la construcción de no pocos personajes. Pero no basta con la mera repetición. Shakespeare trabajaba con el método de Picasso. Nada de copiar, que es cosa de espíritus melifluos: se trata de robar. Y a partir del robo, construir algo nuevo, visceral y flamante. Una forma de trabajar, de edificar a partir de lo previo y aprovechar enseñanzas, común en la cultura popular. Por ejemplo en el blues. El libro de McCarthy y Schlueter demuestra hasta qué punto Shakespeare, por muy genio que fuera, estaba en lo suyo con la mentalidad del artesano y el cómico, del empresario y el director de escena. Pero no, nunca, con el aura, la afectación o el fingimiento del artista intransferible, original y atormentado: eso, la pose arcangélica, singular y única, no llega hasta el romanticismo.

McCarthy, por cierto, llegó al escritor después de publicar en 2011 «Aquí hay dragones: cómo el estudio de la distribución de animales y plantas revolucionó nuestra visión de la vida y la Tierra». Un fascinante volumen de biogeografía que le conduce, años más tarde, a cuestionar si podría aplicar la metodología de su estudio al campo de la literatura. De ahí al monstruo de Stratford-upon-Avon solo le separaba un salto.

«Ningún erudito de Shakespeare había estudiado este manuscrito», comentan McCarthy y Schlueter en el texto. Lo descubrieron tras cotejar los hallazgos de McCarthy y contratar a un detective literario. Su objetivo, dar con la brumosa pero evidente fuente. Añaden que «Tal y como nuestro análisis ha revelado, este libro no es solo el único documento nunca copiado que ha tenido un impacto sustancial en el canon, sino que además se trata de una de las fuentes más influyentes en Shakespeare (…) Por el número de obras de teatro, escenas y pasajes afectados, el alcance de la influencia de este manuscrito probablemente exceda todas las otras fuentes conocidas de Shakespeare, exceptuando solo las ”Crónicas de Hall y Holinshed” y las ”Vidas de Plutarco de Thomas North”».

Feos con belleza interior

Entrevistados por el «New York Times», que dio la noticia, explican que «en la dedicatoria a su manuscrito, por ejemplo, North insta a aquellos que podrían verse a sí mismos como feos a esforzarse por ser interiormente bellos, por desafiar a la naturaleza. Usa una sucesión de palabras para defender su argumento, incluyendo ”proporción”, ”vidrio”, ”rasgo”, ”regular”, ”deformado”, ”mundo”, ”sombra” y ”naturaleza”. En el soliloquio de apertura de Richard III (”Ahora es el invierno de nuestro descontento…”) el tirano jorobado usa las mismas palabras en prácticamente el mismo orden para llegar a la conclusión opuesta: que como es exteriormente feo, actuará como el villano que parece ser». Y eso, a su entender, desafía la lógica y la estadística excepto si admitimos que, directamente, Shakespeare copió a North. En otro momento del texto explican que North usa media docena de palabras para describir a una serie de razas de perros. Al mismo tiempo, explica el reportero del «NYTimes», Michael Blanding, las usa para explicar que las jerarquías existen en el mundo de los perros y en el de los humanos. Pues bien. Ese mismo razonamiento. Con los mismos perros y los mismos adjetivos. Igualito, vaya, aparece en «El rey Lear» y «Macbeth».

«Sí, dentro del repertorio sois hombres», le dice Macbeth al asesino, «igual que los galgos, podencos, mestizos, chuchos, perros lobo, de aguas y falderos son todos llamados perros. Pero el índice de razas distingue al rápido, al lento, al listo, al guardián, al cazador y a cada uno según las virtudes que le asigna la pródiga naturaleza, de tal modo que recibe un nombre en el propio registro que incluye a todos ellos. Y así, los hombres».

Pocos hombres más capaces de achicar a quien ose compararse con su obra que el torrencial Shakespeare. Autor de un Himalaya artístico ante el que solo cabe orar. Normal que durante años se haya conjeturado con la autoría de sus obras. Demasiadas y demasiado buenas. Resulta mejor para el ego atribuirlas a a otros. Imaginar plagios. Suponer negros. Lo que sea, cualquier cosa, antes que admitir la colosal distancia entre talentos. El nuestro y el de Shakespeare, o el de otros gigantes, como Miguel Ángel, Leonardo o Bach. En el caso de Shakespeare abundan los casos y los nombres, los candidatos a genio oculto, los bailes de identidades y máscaras. Que si Christopher Marlowe, al que tanto admiró y del que sin duda aprendió, y cuya muerte violenta le habría permitido reaparecer como el autor de «Macbeth». Que si Sir Francis Bacon y Edward de Vere y etc. Por supuesto que la historiografía seria, la única que importa, niega esos brotes conspirativos. Pero no impide reconocer la sospecha de que Shakespeare, acostumbrado a colaborar, dueño de un espíritu práctico, habría podido escribir algunas de sus obras en compañía de otros. Tampoco niega la fértil piscina poética y filosófica, la constelación de obras y vidas en la que abrevan sus textos. Comenzando por la Biblia, siguiendo por las obras del poeta George Chauffer y acabando, claro está, en ese George North que alcanza en 2018 resonancias universales. Gracias al concurso de un Shakespeare omnívoro e imparable. Supremo consumidor de inteligencias y sensibilidades para luego, a solas con su fuego, cocinar un teatro que funda el mundo tal y como lo conocemos. De momento el libro de McCarthy y Schlueter está aupado en las listas de estudios literarios más vendidos de Amazon. Agotado temporalmente a pesar de su precio, nada menos que 114 dólares. Claro que para North y sus posibles herederos literarios el pelotazo llega con un retraso insuperable. Honores, en cualquier caso, para un autor al que, por decirlo con McCarthy en el reportaje del diario neoyorquino, «[Shakespeare] vuelve una y otra vez y afecta el lenguaje, da forma a las escenas y, en cierta medida, incluso influye en la filosofía de las obras». Casi nada.