El tamaño sí que importa

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Condensar el arte de Jerónimo Elespe (Madrid, 1975) en 550 palabras no es tarea baladí. Hace años (en 2014) desde estas páginas le bautizamos como «el deseado». Fue su galerista de entonces, Soledad Lorenzo, quien nos puso sobre su pista. Había que seguirle. Y lo hicimos. Después no le quitamos el ojo en Ivory Press. Hasta ahora, que cuelga sus obras en su primera individual en la galería Maisterravalbuena de Madrid. Con su descubridora se sigue viendo, le visita con frecuencia en su estudio. «Fue mi plataforma perfecta para entrar en la escena madrileña y europea. El último empujón de ánimo que recibo es el suyo», confiesa. Apuesta este hombre de aspecto melancólico pero que tiene una risa contagiosa, por el galerista de trato humano: «Aunque sé que es un oficio que está cambiando sigue teniendo sus códigos. Saben que la carrera de un artista es frágil y están ahí siempre y me responden. Eso es lo que busco», comenta. Trabaja de noche, aunque la paternidad ha hecho que se recoja unas par de horas antes.

La intensidad de preparar una exposición confiesa que la vive desde el primer día. Su carrera arrancó y cuajó en Nueva York («donde me eduqué y formé y donde mentalmente sigo»). Tiene galerista allí, en Madrid y en México, tres enclaves no elegidos al azar. «Produzco poco y quiero atender bien», explica. No ha querido romper con sus formatos anteriores y sigue colgando obras de 6 x 3 centímetros, de una belleza que subyuga, intensidad pura en un espacio mínimo: «Mis obras han ido evolucionando y formando un continuum de manera muy natural. Una vez que las veo montadas es otra cosa. Verlas colgadas es darte cuenta de la manera en que dialogan». En Madrid el espacio está reducido y subdividido «para crear en el espectador una sensación de desorientación, de laberinto. Trabajar con la pintura es hacer un ejercicio de memoria». ¿Siente la sensación de vacío? «Siempre la hay cuando montas, tratas entonces de evitar la catástrofe absoluta con el público, pero estoy contento».

Quemarse en 40 meses

Dice Elespe que se gana la vida con la pintura y que otra cosa es vivir bien de ella, «y tengo esa suerte desde hace ya bastante tiempo. He pasado buenos y malos momentos, altibajos, como todos, pero no me puedo quejar, aunque convivimos con la incertidumbre. Disfruto cada vez que vendo un papelito», desvela. Y después se ríe y añade: «Vales lo que vale tu última película, como dicen en Hollywood». Prefiere ir paso sobre paso en esta carrera de fondo larga en la se concentra para «durar cuarenta años y no quemarme en cuarenta meses». Trabaja de lunes a domingo y tiene el estudio en casa. Hace suya la máxima de Martin Kippenberger: «Los verdaderos artistas son los que no se toman vacaciones».

¿Y si le tiraran los tejos un David Zwirner o un Larry Gagosian se resistiría? Él se queda con una galería de tipo medio frente a estos casi museos: «Si llega una grande sería difícil decirle que no. Cumplen su función pero también tienes que saber decir que no y tener mucho cuidado». Tiene sus clientes fieles y crece con ellos, lo mismo que con Pedro y Belén, sus galeristas ahora. «Mi obra se autoprotege contra especuladores por su formato», comenta.